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1º de mayo. El Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional de 1889 instituye la fecha como jornada de lucha reivindicativa de los derechos de los trabajadores y recuerdo de unos mártires de los que no sé cuántos se acuerdan: Engel, Fischer, Parsons, Linng, Spies. Tres periodistas, un carpintero y un tipógrafo. Cuatro alemanes y un estadounidense. Fueron ahorcados en Chicago el 11 de noviembre de 1887 por su participación en la huelga de 1º de mayo de 1886. Salvo Louis Linng, de 22 años, que se suicida en la prisión para evitar la horca. La historia retrata el dramatismo de la lucha obrera durante la Revolución Industrial del siglo XIX. Reclamaban la jornada laboral de ocho horas, rebajando el límite legal que hasta entonces era de ¡dieciocho horas diarias! Se consiguen las «ocho horas para el trabajo, ocho para el sueño, ocho para la casa» que es un logro del que todos hemos disfrutado.

En los ciento veinte años trascurridos la inercia reivindicativa se ha mantenido, pero yo creo que se han producido dos cambios esenciales que ponen en cuestión la jornada más allá de su valor simbólico y de su trasfondo político. Prima la defensa de derechos adquiridos más que la lucha contra la explotación como sucedía en Chicago.
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A principio de los años noventa pasé una mala racha. Me despidieron de una empresa de forma inopinada y nos encontramos de repente en un atasco económico como el que estarán pasando hoy en día cientos de miles de personas. Con hipoteca, los chicos estudiando, a tope de gasto y con la familia completa dependiendo de mi único y desaparecido sueldo. Tardé unos cuatro o cinco meses en encontrar un nuevo empleo, pero confieso que hubo algún día de esos en que me quedé en pijama hasta mediodía sumido en un “¿y ahora qué hago?”

Desde entonces pienso a menudo en por qué algunas personas les cuesta mucho más que a otras encontrar trabajo. Y a algún amigo, cuya inteligencia me consta, le está costando.
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La Semana Santa ha venido con tiempo incierto, como casi siempre. Así que paso de playa y sigo releyendo a Orwell, que el cambio de gobierno me hace recordar Animal Farm. Pero lo que ahora me interesa es más su pensamiento sobre el hombre corriente que sus fábulas políticas. Orwell escribía muy bien sobre la miseria y los negocios menguantes, porque lo experimentó todo en primera persona. Supongo que en este momento entre una parte no pequeña de los hombres y mujeres corrientes en España, o sea casi todos, cunden las preocupaciones corrientes. Los que tienen trabajo, pero su empresa está de cuarto menguante, se temen la cola anónima del INEM. Y a los de la cola les preocupa encontrar trabajo antes de que se acabe el subsidio, o después. Y mientras tanto tienen, tenemos, que ir al super, pagar la luz, los colegios, hipotecas y otras menudencias domésticas.

En un extremo están los down and out. Orwell fue en su día uno de ellos, de los que llegan a dormir en la calle o en el albergue. Más tarde y a través de uno de sus personajes él mismo reconoce que no se sentía ni un down and out, ni un go-getter, sino una parte de la inmensa mayoría que está en el medio, ni en la miseria absoluta y sin solución, ni emprendedor dispuesto a mucho para enriquecerse. En España ahora mismo tenemos un problema, un desequilibrio, que es que una parte de esa mayoría intermedia se está deslizando, de momento silenciosamente, hacia el extremo inferior, el de los problemas económicos serios. Cuánta gente se desplace hacia ese extremo, sin saber bien como impedirlo, dependerá mucho de la profundidad y duración de esta crisis que estamos viviendo. Y de lo que se haga para evitarlo.
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Mientras tuve pelo en la cabeza siempre les fui fiel. Me acostumbraba a un trato, una charla, unas manos y siempre me costaba luego renunciar a mi peluquero. A una peluquería estuve yendo más de veinte años y si quien me atendía de regular estaba ocupado con otro cliente, dejaba pasar mi turno y me esperaba, para que me atendiese siempre el mismo. Daba un poco de rubor negarle el trabajo a sus colegas, pero mi peluquero y yo manteníamos una relación en la que no cabían terceros. Nunca llegué a saber mucho de aquel hombre más allá de su habilidad con la navaja. Al cabo de los años el dueño se jubiló y se cerró el negocio. Abrieron allí una confitería, a la que me negué a comprar pasteles con rencor secreto.

Y a propósito de barberos, el otro día escuché una de esas noticias aparentemente intrascendentes, pero que me llamó la atención: un peluquero jubilado había abierto su peluquería en un club de pensionistas de Manises, en Valencia, y cortaba el pelo gratis. A los jubilados del propio club, se entiende.

Obviamente a los peluqueros del pueblo, con local abierto, licencia fiscal, declaraciones de IVA, IRPF y otras radículas que alimentan la burocracia, no les gustó la cosa un pelo… Pero a mí me ha hecho pensar en algo que ya había yo notado. Que la peluquería, mientras estuve yendo, me parecía cada vez más cara. Al igual que otros servicios, como el dentista, las comidas en restaurantes y cosas así. Pero en cambio no me parecían tan caras, proporcionalmente, otras cosas que consumo, como coches, televisores o vino. No sabía claramente por qué.

Pues ya lo he averiguado. William Baumol, que todavía vive con 87 años, le dio nombre: se trata de “la enfermedad de costes de Baumol”. Lee el resto de esta entrada »

Me desperté por la mañana oliendo a vino…

¡Ya sé lo que se imaginan, pero se equivocan!. Porque de eso hace unos 50 años, o sea que era yo un chaval y por tanto lo de despertarse con olor a vino, propio, hubiera sido de una precocidad inusual. La realidad es que el olor venía de la calle. Vivía yo en un pueblo de La Mancha, en la calle de La Estación, que cada día recorrían algunas decenas de carros. Jamelgo y carro con una única gran barrica de vino, camino de los trenes que se lo llevaban a no sé dónde. Decían allí que el Papa celebraba su misa con vino de Manzanares. Solera como el que se tomaba en casa los domingos. Las barricas siempre goteaban algo y la procesión de carros había empedrado la calle de adoquines tintos. Tal vez de esa calle me viene a mí la afición al vino. Y a su alegría y evasión, que tan bien vienen en algunos de los ratos que vivimos.

Ahora leo que la revista alemana que cito ha nominado al Muga Reserva de 2004 como uno de los cinco mejores vinos del mundo. Sigo a Muga hace muchos años, o sea que me he bebido alguna que otra de sus botellas, y la verdad es que me alegro por ellos y les felicito, porque creo que han puesto buen trabajo en su negocio durante casi 80 años y gracias a ello hoy tienen una marca apreciada y una fuerza exportadora creciente.

Mientras muchos no hacen más que mirar al ombligo de nuestros problemas, buscar culpables y pedir que rueden cabezas, todo ello posiblemente justificado, yo creo que la tarea más urgente es analizar nuestras fortalezas y ver cómo hacerlas todavía más fuertes. El negocio del vino, sin duda tradicional y bien implantado, es probable que merezca una mirada de atención para encaminar más esfuerzos en la dirección de gente como Muga.

España es una potencia vinícola. Según la OIV –Organización Internacional de la Viña y el Vino-, España tiene el 17% más o menos de la superficie total de viñedo del mundo, frente al 11% tanto de Francia como de Italia respectivamente. La primera duda surge cuando se observa que, en cambio, la producción de España representa el 13% de la mundial, en tanto que las de Francia e Italia son el 17% aproximadamente cada una. A vueltas con la dichosa productividad. Pero es que cuando hablamos de dinero España exportó en 2007 vino por valor de 1.833 millones de euros. Precio medio, 1,10 euros/litro. En tanto que Francia, con un volumen ligeramente inferior, lo hizo por 6.748 millones. Un debate, el de volumen y valor, junto al de estrategias comerciales, que se debería acometer sin ninguna autocomplacencia.

En suma y utilizando el vino como ejemplo, a mí me parece que para la salida de la crisis resulta esencial –entre otras cosas-:

1. Aumentar nuestras exportaciones. O sea más dinero, no necesariamente más volumen.
2. Mejorar la calidad, o la relación calidad/precio de nuestros productos.
3. Vender calidad soportándola en marcas reconocidas, basadas en el buen trabajo.

Ayer miraba en la prensa un artículo a propósito de la misión comercial a Estados Unidos de lema “Made in Spain/Made by Spain”. En el mismo había un gráfico que detallaba nuestras marcas más conocidas internacionalmente. A saber: Chupa Chups, Cola Cao, Telefónica, Banco Santander, Meliá, Torres, Freixenet, Seat, Zara y… el Real Madrid. Ya está. ¿Chupa Chups, Cola Cao, Real Madrid? Colegas empresarios: hacen falta marcas, el mundo del comercio y la exportación en particular es de las marcas, España va muy justita de buenas marcas. Estamos tirando, salvo honrosas excepciones, de marcas que sin duda se han ganado su posición con esfuerzo y calidad, pero que son pocas y necesitan urgentemente ser complementadas con otras. Y lo más importante, detrás de la marca tiene que haber un producto de calidad. Y además competitivo en precio… ¿Qué agobio, no?

Bueno, no se agobien, que todo es cuestión de trabajo y un poquito de imaginación. Y si en algún momento el agobio les puede, una copita de buen vino, español como diría nuestro ministro, que en este caso tendría razón, seguro que les va bien.

Pero como hablo de vino, o sea de alcohol, tal vez sea oportuno hacer un llamamiento a la moderación, así que aquí va “Días de Vino y de Rosas”, versión de Bill Evans, para que piensen…

He estado unos días ausente, espero que me sepan disculpar. Ha servido para que mi público lector cayera más o menos un 80% y confirmar que siempre hay que salir a vender, aunque sea mala literatura, y que me perdonen los fieles. En el momento que se deja de empujar, la actividad se para. Va para todos los que no tengan fe inquebrantable en la labor comercial.

Pero también me ha servido para tomar una cierta distancia de los asuntos que nos acosan en el día a día. Así que he estado un par de semanas sin ver televisión y sin leer la prensa diaria. Bueno miento, anteanoche estuve un rato mirando una película de Cary Grant en valenciano, intentando entender el por qué del esfuerzo de traducción y cuánto pierde Cary en ese idioma. De prensa y televisión, sólo de oídas, deduzco que me he quedado fuera de onda en dos grandes bloques de asuntos. De una parte cuestiones políticas mayormente fútiles, léase trajes de Camps, caso Gürtel, pactos vascos, viajes africanos y demás. De otra, noticias económicas todas malas y que además ya las tengo repes. Bueno, y también me he perdido la parte rosa y amarilla, pero ésa me la pierdo siempre.

Yo creo que en tiempos turbados es recomendable ejercitarse en la abstracción. Así que me he refugiado de nuevo en los libros, que excitan la imaginación. Entre lo que he leído, una pequeña joya que tenía por casa y nunca había abierto, “Industrias y Andanzas de Alfanhuí” de Rafael Sánchez Ferlosio. ¿Quién por ahí estará leyendo hoy a Sánchez Ferlosio? ¿Alguien? El capítulo de su libro sobre el árbol de hojas de colores, de bello realismo mágico, me sirve para reclamar el imperio de la imaginación. La acción rutinaria, de gobierno, empresas o trabajadores, hoy no basta. La laboriosidad no basta. El dinero no basta.

Tenemos que echarle a la cosa imaginación. Un amigo me recordó hace unos días la frase de Einstein: Imagination is more important than knowledge. For knowledge is limited to all we now know and understand, while imagination embraces the entire world, and all there ever will be to know and understand (La imaginación es más importante que el conocimiento. Porque el conocimiento está limitado a lo que sabemos y entendemos ahora, mientras que la imaginación abarca el mundo entero y todo lo que habrá por conocer y entender).

Así que si les aprieta la crisis, o mejor quito el condicional, ya que les aprieta la crisis, tomen distancia, y dedíquense un poco a imaginar. Hagan un huequito a pensar en otras cosas y otros caminos, porque es muy probable que la situación en que estamos metidos traiga muchos cambios y sólo aquellos capaces de ver otros mundos, otras oportunidades, el árbol de hojas de colores, van a sobrevivir empresarial o laboralmente.

Hace unos días he leído que la subvención que recibe el cine español es tanto como lo que recauda en taquilla. ¿No será que estamos subvencionando la rutina? Gobierno, sistema educativo, bancos y sociedad tienen que premiar a los que imaginan y apoyar el que aquello que tenga traducción empresarial fructifique. Sólo ellos son los que van a conseguir que haya trabajo para el resto. Hace falta más capital riesgo y más vocación de respaldar a las ideas en lugar de fijarse sólo en las garantías.

Si soy sincero hice la ruta al revés. Regresábamos de visitar a una de mis hermanas y el aeropuerto de Bologna estaba cerrado. Niebla padana, así que nos metieron a todos en un autobús y nos llevaron al aeropuerto de Pisa. Y sigo un poco en la niebla en cuanto a temas educativos, porque llevo en eso unos años sabáticos gracias a que mis hijos han terminado su educación formal y mi nieta aún no ha iniciado la suya. Así que me he podido desentender un tiempo de leyes cambiantes y asignaturas polémicas.

Pero el enfoque económico del asunto sí que me interesa. El otro día escuché que la mayoría tenemos la idea de que los efectos de la educación son muy de largo plazo. Quien hablaba decía que, por el contrario, un gran esfuerzo por la educación debería surtir efecto sobre la sociedad en un período relativamente corto, del entorno de cinco años, si se actúa sobre el segmento adecuado, sobre todo los jóvenes de bachillerato y universidad. Estoy dispuesto a creérmelo, aunque lo que veo más complicado es convencer a estos chicos de cambiar de marcha cuando ya se han acostumbrado a lo bueno. El problema no es ya ofrecer educación, sino estar dispuesto a recibirla.

El Informe Pisa es devastador para España. Y creo demostrable que entre la mala posición de los estudiantes en el Informe Pisa y el número de desempleados jóvenes existe una correlación. En cuanto al Proceso de Bolonia confieso mi distancia con respecto a los detalles y su polémica. Pero sí que puedo constatar que cuando hace dos o tres años analicé por encima, en relación con el denominado Plan Revita, las cifras de graduados y post-graduados de las universidades de Sevilla, Burdeos y Bristol, lo que asoma de la universidad española es más masificación que excelencia. Nos hace falta más excelencia, a todos los niveles.

Tal vez uno de los beneficios de esta crisis sea trabajar más con los jóvenes sobre la cultura del esfuerzo, lo que siempre es más fácil cuando las cosas en la calle están difíciles. En 1990 me cayó en las manos una edición especial de la revista Newsweek: The 21st Century Family. Así que como me la guardé, hoy no me hace falta más que reproducir dos o tres de mis subrayados de entonces para ilustrar esta idea:

• En los años setenta los sociólogos americanos avisaron de que los jóvenes estaban convirtiéndose en consumidores expertos mucho antes de aprender a cómo producir.
• Horas de ver televisión y escuchar música (Internet y el chat no eran parte de esta historia en 1990) han creado una población estudiantil pasiva. La habilidad de crecer de la pasividad a la actividad es un paso fundamental de la infancia a la edad adulta.
• En esencia, es una cuestión de valores culturales. Lo que los jóvenes ven como deseable en los medios de comunicación y en los centros comerciales son sobre todo los valores que los adultos promovemos: consumismo, narcisismo y la gratificación inmediata del deseo.

Un profesor de desarrollo humano citado por Newsweek (1990) se refiere al extraordinario éxito académico de los estudiantes asiáticos en Estados Unidos, especialmente los hijos de familias pobres: They are walking away with the fellowships. Why? Because they come from cultures which have strong family systems where the notions of activity, responsibility and work are values.

Lucy Kellaway, columnista del Financial Times (2009): en la ceremonia –de entrega de premios del colegio de su hijo-, me di cuenta de que la mayoría de los premios académicos los ganaban niños chinos e indios… los chicos asiáticos se merecían mejores resultados que mis hijos porque se esfuerzan más. Es una realidad cultural, sus padres les obligan a esforzarse más de lo que yo lo hago con mi hijo…

Veinte años, la misma historia.

Así que los padres y las madres, y algún abuelo, tienen que convencer a la panda, lo que probablemente significa subir la prioridad en casa de los estudios y asumir algún que otro berrinche. Cuando veo a cuarenta chavales en una pista de patinaje a las once de la mañana de un día lectivo, o cuando veo a tres niñas de uniforme sentadas a las mismas horas en el suelo de la calle, fumando, pienso que queda trabajo.

A lo mejor suena duro, pero con la excusa de la crisis yo empezaría por vaciarles los bolsillos, a ver qué pasa…

Y para ayudar a los mayores a entender todo esto, aquí va este clip, que con ¡52 millones de visionados! algo debe tener. Les prometo que lo estoy buscando (yo no tengo hijos de 15 años que me ayuden…)

Hoy he tenido que tomar un tren tempranero. Así que estaba en el metro a las seis y media, compartiendo bostezos con unos cuantos, no muchos, colegas de fatigas. Emigrantes y bastantes más mujeres, supongo que con poca conciliación, que hombres. Es la clase trabajadora tal vez más agobiada, una parte de la que parece que se quiere proteger, aunque sospecho que la mayoría tienen trabajos más o menos precarios y la protección les llega poco. No muchos oficinistas, al menos en apariencia. Me gustaría gozar de una perspectiva menos urbanita, pero en el río de la vida me he perdido la visión de los pueblos, del campo, que me hubieran permitido adivinar otro entorno y otro tiempo.

Algo me ayuda un bonito libro que cae en mis manos sobre oficios artesanales valencianos: el ceramista, el cerero, el escobero, el pirotécnico, el espartero y cosas así. Muchos oficios ya extintos que nunca han viajado en metro. Me fijo en el trabajo de cantero, que debe ser uno de los duros de verdad, antes y ahora. Antes seguro que más. El cantero de antes trabajaba de lunes a sábado, colgado de una cuerda en la cantera, lloviéndole en cara y ojos esquirlas de piedra, arromando cinceles y cortafríos día sí y día también. Las noches al herrero a afilar las herramientas. Los domingos por la mañana a ordenar la cantera. “Los días de frío y lluvia son mejores porque el sol abrasador de verano es mucho peor y además la piedra húmeda está más blanda…”.

Pienso en los que trabajamos a cubierto hoy en día. “La temperatura de la oficina está a 20º, debían ser 21º…”, cafecito. Arranque a las nueve, o nueve y cuarto que el metro venía muy mal. El viernes a las doce el correo electrónico se empieza a parar, interesante índice. Nos hemos ganado derechos y comodidades porque las máquinas y las leyes laborales de la socialdemocracia han hecho que en buena parte del mundo occidental, y en Europa en particular, los trabajadores podamos disfrutar del estado del bienestar. El mensaje que nos llega, ayer sin ir más lejos es: “relax…”. La gente se lo cree menos que a medias. Prueba de ello es que el absentismo disminuye de forma notable.

Yo sigo con bastante interés al profesor Cuadrado Roura y por eso soy de los que no se creen lo del relax, ni a medias. En el artículo que manejo cita al Nobel de Economía 2008, Paul Krugman: “El problema consiste en que la productividad es siempre el resultado conjunto de un buen número de factores en los que no es posible dar saltos a corto plazo”. Así que tenemos batalla para largo. Gobierno y sociedad tenemos que entender que si vivimos en un país con moneda fuerte, que no podemos mover, para bajar el coste de nuestros productos, o bajamos los salarios o subimos la productividad. Y como evidentemente nadie quiere que le bajen su salario, la única manera es a través de la productividad, que es cuestión, sobre todo, de empresas y trabajadores.

El Gobierno debería entender esto, ya que le sobran economistas y asesores. Al bloquear la flexibilidad en el empleo dice que está haciendo justicia social porque asegura el trabajo a aquellos que tienen contratos fijos de larga duración. Pero no parece entender que el aumento de la productividad va de la mano de permitir que las empresas reciclen su fuerza laboral y den entrada a trabajadores a menudo más jóvenes y en muchas ocasiones, no nos engañemos, con más ganas de trabajar.

Así que mientras la productividad en el largo plazo mejora o no, la sociedad española, y que me perdonen los que ya lo están haciendo, debe simplemente trabajar algo más, debe mejorar sus hábitos, empezar más temprano –y si hace falta acabar más temprano, que lo que importa es el balance-, las películas o programas de gran audiencia de la televisión no pueden acabar pasada la medianoche, probablemente recuperar los viernes por la tarde, que ya sé que duele. Y reprogramar el verano para que la economía siga funcionando sin empezar a frenar a principios de julio y no recuperar la plena marcha hasta mediados de septiembre. Porque me temo que si dejamos que los demás avancen mientras nosotros tomamos el sol, vamos a acabar picando piedra. Y ya saben que las piedras con sol están mucho más duras…

¿Relax? Todo lo contrario, ¡zafarrancho de combate!: «In case you didn’t know, it’s an alarm, you’re not on a pleasure cruise!»

A mi amigo Lars, con quien he compartido Das Boot, Billie Holiday y unas poquitas horas extra…

Ando un poco desmoralizado en lo de teorizar sobre Economía, perdonen. Sospecho que una buena parte de los mortales comunes debemos estar más o menos igual de frustrados ante la impotencia por no poder ayudar más a poner remedio a la que se ha montado. Por mucho que quiera MIRAR AL FUTURO ahí delante tengo la catarata del mes que viene, que la esperanza general, infundada, es que sólo el Gobierno tiene la capacidad de detener.

En estos días he vuelto a escuchar un resumen sobre el uso de los fondos del bautizado por nuestro propio presidente como “Plan E” y estoy convencido de que se trata de una costosa campaña de marketing. ¿No hay por ahí unos carteles que anuncian “Dios no existe”? Pues vamos a poner otros, total 30 o 40 millones de euros de ellos, reclamando que “DiosZP sí existe”. De ahí el maná que ha llegado a todos los ayuntamientos. ¿Menos cuatro? ¿Quiénes son esos cuatro que no han recogido el maná? ¿No se han enterado, han desobedecido, son estúpidos? ¿Cómo se atreven a renunciar a la pista de pádel, a unos nichos nuevos en el cementerio… a su propio “Eje Recoletos”? ¡Es el maná tíos, lo manda Dios para salvaros, impíos! ¡A ver que me pongan con el alcalde de Illán de Vacas y que venga a confesarse! Que si sólo son seis vecinos y no tienen dos equipos para una cancha de baloncesto, por lo menos podían haber hecho media y no fastidiarnos la campaña publicitaria… ¡Es que no piensan!

Y mientras tanto salen los datos del tamaño de nuestro sector público, que engorda y engorda mientras los problemas del resto se acrecientan. Pero la noticia que he leído dice precisamente eso, “mientras” el paro crece, el sector público rebasa los tres millones de personas. No se menciona la causalidad, que es clave. La noticia de verdad es que el sector público crece “porque” el paro aumenta. “Primo: que han cerrado mi empresa, a ver si me encuentras un huequito en el ayuntamiento, aunque sea de entrenador de pádel, que aquí los vecinos van a tener que aprender, ahora que tenemos pista y montones de tiempo libre…” Un hombre, un voto.

En fin, ironías aparte, daría para echar unas risas si la cosa no estuviese poniéndose tan negra. No es un problema de Keynes sí o Keynes no, sino de gasto público indiscriminado e inútil, no es un problema de liquidez o solvencia del sistema financiero o de si los bancos dan créditos, ¿quién se mete en más créditos cuando le amenaza el paro o el cierre? Es un problema de que el Gobierno de España no sabe hacia dónde ir, pero sobre todo de honradez política, de sobreponer el bien del país a los intereses electorales, que alguien debe estar ya elucubrando dónde está el horizonte electoral de esta legislatura. No nos engañemos, el Gobierno de España tiene claro lo que está haciendo: está mirando a SU FUTURO, no al nuestro.

Hoy nos darán el nuevo disgusto del desempleo, que ya se anticipa que van a ser más de 200.000 nuevos parados. Menos mal que las vidrieras de los gobernantes, como la de Touriño, la de los 170.000, se hace opaca de forma automática y estas cosas se ven menos.

Así que no sé que hacer, salvo dedicar cada día a sobrevivir y a intentar que mi familia y la sociedad mejoren en mi pista de pádel particular, pero me consta que lo estoy haciendo a contracorriente. A mi no me llega el maná.

Por cierto, aquí va un clip de Maná de lo más apropiado, salvo lo de los besos… “Ojalá pudiera borrarte”.

No me hagan mucho caso sobre la desmoralización. Nada que no se resuelva con un poco de valor. Quiero decir chocolate “Valor”, que el chocolate es muy bueno para las endorfinas y ayuda a aguantar las contrariedades. Así que ya pueden los chocolateros ponerse a hacer horas extras.

Hace unos años pude escuchar una charla de Antonio Puig, el principal empresario de perfumería en España. Me llamó la atención su afirmación de que “lo que importa para una economía nacional no es tanto tener las fábricas, lo importante es tener las centrales, las sedes empresariales”. Creo que esa afirmación es bastante matizable, pero en el contexto en que lo afirmó es cierta. Se refería a la perfumería en Francia y a cómo París, la metrópoli, había arrebatado a la Costa Azul la industria del perfume, al atraer a las sedes de esos negocios haciendo que dejasen allí únicamente las plantaciones de rosas. O sea que se habían llevado a París los empleos white collar y dejado en el sur los blue collar. O tal vez debería decir green collar.

Las estadísticas del paro en España empiezan a reflejar, cosa esperable, que las víctimas más numerosas son las personas con menos estudios, los blue collar. Ahí tenemos un problema serio, porque precisamente buena parte de la inmigración que hemos recibido, sobre todo la africana y latinoamericana, son de ese grupo y en consecuencia es de temer que el impacto laboral de la quiebra de nuestro modelo económico sea casi una catástrofe.

¿Qué hacer? Y sobre todo, ¿qué hacer en el corto plazo? Bueno, en el corto plazo, yo creo que simplemente ponerse una palangana en la cabeza mientras dura el pedrisco, no se me ocurre otra cosa. Pero si podemos hacerlo mientras aguantamos el ruido, una de las cosas a pensar sería jugar a metrópoli (no al Monopoly, que ya nos hemos quedado sin dinero). De metrópoli de las buenas, a crear riqueza fuera y de rebote dentro.

Son, somos, los white collar, los que tenemos que tomar la iniciativa. Madrid a solas, o Madrid-Barcelona como tándem si consiguen resolver su conflicto bipolar, conforman un potente atractor de actividad relacional. Y somos los white collar los que tenemos que tomar las iniciativas para atraer aquí a empresas extranjeras, que se lo pasen bien y que se relacionen con la miríada de empresas medianas de que dispone España, que hasta ahora no han mirado hacia fuera y que tienen que empezar a hacerlo. De ahí es de donde salen los negocios que en este momento hacen falta. Forma parte del proceso de internacionalización.

Contamos con la ventaja única de que nuestras dos mayores entidades financieras, BBVA y Banco Santander, tienen las mayores redes bancarias en toda Latinoamérica. Ahora que las dos entidades se llevan tan bien, tal vez quedaría como un excelente ejercicio de relaciones públicas si fundasen al alimón una especie de “fundación para la internacionalización de la empresa española”, que sería una muestra de que cuando se está en crisis la gente trabajamos juntos para el bien común.

Como ayer leí que se había muerto John Updike, me puse a bucear un poco sobre Sao Paulo, donde tiene lugar buena parte de su novela «Brasil». Lo que llaman el “Complejo Metropolitano Extendido” de Sao Paulo tiene 29 millones de habitantes… ¿cuánto negocio hay ahí para empresas españolas? Brasil tiene unos 180 millones de habitantes. Y aunque no se vea directamente como un negocio, en el 2005 se aprobó que todos los estudiantes del país adoptasen el español como segundo idioma, para lo que se estimaba harían falta 200.000 maestros. No sé cuántos maestros españoles hay en Brasil, ni sé cuántos maestros hay en el paro en España, ni sé cuánto gana un maestro en Brasil ni si con eso come, etc., pero bueno, digo yo que será mejor que la cola del INEM. Y que no tiene que suponer irse a vivir a Brasil para siempre.

Y a propósito de maestros, los cinco millones de extranjeros que tenemos en España y que ya he dicho que no creo que quieran irse, al menos tienen una gran ventaja: son jóvenes, cosa que muchos del resto de los españoles no podemos decir. La edad media de los emigrantes es hoy de 34 años. No deberían ser un caso perdido para un gran esfuerzo educativo, las escuelas de noche están vacías y seguro que muchos van a querer aprender cosas y así mejorar su “empleabilidad”, término éste que está empezando a ponerse rápidamente de moda.

White collar helps blue collar helps white collar…, ¡estamos en emergencia!

Ya habrán adivinado que me gusta terminar siempre que puedo con una sonrisa, así que aquí va el un clip de la película “Brazil”, que no tiene nada que ver con lo que hablamos, pero que seguro ayuda a los que se sienten apretados…

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