Herzog escribía cartas que nunca echaba al correo y nadie más que él leía. Puro desahogo introspectivo. Internet, por contra, supone una nueva era, la de la comunicación universal y efímera. Manda la brevedad y el primer impacto más que el fondo del mensaje. Supongo que algunos de los lectores de este blog lo encuentran por casualidad o van de paso y yo como un tendero necesitado, como un vendedor de alfombras de Estambul, debería levantarme y procurar que comprasen algo por el empuje de mi plática. Pero prefiero la actitud del anticuario, sentado a la puerta de su almacén leyendo abstraídamente una novela gastada. Que el visitante mire a su gusto y si encuentra algo que le atraiga que se lo lleve. El mérito es suyo por encontrar la vieja pieza. Y si hoy no entra nadie, tampoco es una tragedia.

No importa la brevedad ni el envoltorio, lo esencial son las ideas y éstas perviven con o sin nuestra atención.

Pero a diferencia del personaje de Bellow, más que el desencanto o la lamentación, pretendo que estas ideas, para quien las encuentre aunque sea por casualidad, se conviertan en esperanza de mejora.

Con la ventaja de que estas antigüedades son gratis porque, ahí si coincido con Herzog, no pasan de ser, en general, un mero desahogo.

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