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SalvadorEn octubre de 2012 me llevó mi trabajo a Brasil. Las finanzas de mis viajes, a su vez, me hicieron pasar mi primera noche en Salvador de Bahía, en una escala camino de São Paulo. Aterrizamos ya oscurecido, cuando el enlace de autobús entre el aeropuerto y la ciudad, a distancia considerable, es una incógnita. Algunos presuntos pasajeros aguardaban tranquilos, resignados a la irregularidad o inexistencia de ese autobús pero yo, cuando una amable pareja de brasileiros mayores me ofreció compartir un taxi, me apresuré a aceptar. Una fulgurante carrera en un vehículo sin amortiguación y un lateral inquietantemente hundido por un golpe, nos llevó en volandas y me depositó -mis compañeros de viaje se apearon antes-, inesperadamente sano y salvo, en la Rua Direita do Santo Antônio, puro centro, noche ya cerrada.

Mis referencias de Brasil eran hasta entonces meramente literarias. Entre ellas, “La Guerra del Fin del Mundo” de Vargas Llosa (1981) y “Capitanes de la Arena” de Jorge Amado (1937). Ambas situadas en Bahía. La de Vargas Llosa centrada en la “Guerra dos Canudos”, una guerra civil de colonos y miseria en el siglo XIX. Y exterminio final. La de Amado, en la propia Salvador de Bahía, sobre la lucha por la supervivencia de los niños urbanos. Picaresca, sordidez y ternura, injusticia intolerable.

Me dije: bueno, de todo eso hace más de cien años… Salí a la calle a buscar algún sitio donde comprar algo de cena. No lo encontré. Pero sí me encontré con varios niños, niños de la edad de mis nietos, siete, ocho años, durmiendo semidesnudos, acurrucados en la acera monda, arrimados a los portales. No sé si estarían pensando aquello de “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”. Debían.

Confieso que ando un poco revuelto con el tema este de la desigualdad creciente. La global, no tanto la doméstica aunque exista. Acabo de terminar “El Mundo de Hoy” de Kapuściński, que te la presenta página tras página. Leo luego en un diario sobre las preocupaciones por la “tasa Tobin” o las retribuciones de los consejos de administración, o sobre las corruptelas o inanidad de muchos políticos y sus socios o la ausencia de valores de buena parte de la sociedad civil y no puedo evitar el pensar que llevamos un mal camino. El drama resulta ser que le metan 5 goles a un grupo de deportistas millonarios, en… Salvador de Bahía…

Algo habrá que hacer, por justicia y para evitar que aparezca “un cisne negro” –otro día hablamos de esto- por algún sitio. Todavía no he leído “El Capital en el Siglo XXI” de Thomas Piketty, pero algunos de sus argumentos centrales, que tomo prestados del blog de Manfred Nolte, me los creo a pie juntillas:

a) La creciente concentración de la renta y de la riqueza en las manos de una élite minoritaria y el retorno a un ‘capitalismo patrimonial’ en el que los estratos económicos más favorecidos quedan copados no tanto por los poseedores de riqueza sino por los beneficiarios de una riqueza heredada en el que los factores de ubicación geográfica, familia y otros similares tienen mayor relevancia que el esfuerzo o el talento, inhibiendo la promoción abierta en la escala social. El riesgo de una deriva hacia la oligarquía es real y concede poca razón al optimismo.

b) La desigualdad planetaria aumenta, ya que la tasa de crecimiento histórica del rendimiento del capital es manifiestamente superior a la tasa de crecimiento de la economía en su conjunto lo que equivale a constatar el distanciamiento progresivo de las rentas salariales y de los rendimientos del capital conduciendo a un capitalismo patrimonial y al dominio progresivo de la riqueza sobre el trabajo.

La propuesta de Piketty de una tasa progresiva a la riqueza hasta niveles del 80% y de índole global parece utópica e inviable, pero también parece claro que habrá que encontrar una solución.

En España, el PSOE busca su sino mientras sangra por su flanco izquierdo. El Partido Popular contempla ¿impávido? la desafección de sus votantes mientras aplica más liberalismo. Confieso que a mí el cuerpo siempre se me ha inclinado hacia esto último, pero empiezo a pensar, me ha costado años darme cuenta, que la postura frente al Mundo de Hoy se encuentra en algún punto intermedio entre la socialdemocracia y el liberalismo. No sé cuál. No sé si alguien lo sabe.

¿O será que la solución está de verdad en el Kalashnikov? No tengo ametralladora. ¿O las flechas indígenas? Flechas sí tengo, aunque me falta el curare. ¿A mis años?

Hoy he tenido que tomar un tren tempranero. Así que estaba en el metro a las seis y media, compartiendo bostezos con unos cuantos, no muchos, colegas de fatigas. Emigrantes y bastantes más mujeres, supongo que con poca conciliación, que hombres. Es la clase trabajadora tal vez más agobiada, una parte de la que parece que se quiere proteger, aunque sospecho que la mayoría tienen trabajos más o menos precarios y la protección les llega poco. No muchos oficinistas, al menos en apariencia. Me gustaría gozar de una perspectiva menos urbanita, pero en el río de la vida me he perdido la visión de los pueblos, del campo, que me hubieran permitido adivinar otro entorno y otro tiempo.

Algo me ayuda un bonito libro que cae en mis manos sobre oficios artesanales valencianos: el ceramista, el cerero, el escobero, el pirotécnico, el espartero y cosas así. Muchos oficios ya extintos que nunca han viajado en metro. Me fijo en el trabajo de cantero, que debe ser uno de los duros de verdad, antes y ahora. Antes seguro que más. El cantero de antes trabajaba de lunes a sábado, colgado de una cuerda en la cantera, lloviéndole en cara y ojos esquirlas de piedra, arromando cinceles y cortafríos día sí y día también. Las noches al herrero a afilar las herramientas. Los domingos por la mañana a ordenar la cantera. “Los días de frío y lluvia son mejores porque el sol abrasador de verano es mucho peor y además la piedra húmeda está más blanda…”.

Pienso en los que trabajamos a cubierto hoy en día. “La temperatura de la oficina está a 20º, debían ser 21º…”, cafecito. Arranque a las nueve, o nueve y cuarto que el metro venía muy mal. El viernes a las doce el correo electrónico se empieza a parar, interesante índice. Nos hemos ganado derechos y comodidades porque las máquinas y las leyes laborales de la socialdemocracia han hecho que en buena parte del mundo occidental, y en Europa en particular, los trabajadores podamos disfrutar del estado del bienestar. El mensaje que nos llega, ayer sin ir más lejos es: “relax…”. La gente se lo cree menos que a medias. Prueba de ello es que el absentismo disminuye de forma notable.

Yo sigo con bastante interés al profesor Cuadrado Roura y por eso soy de los que no se creen lo del relax, ni a medias. En el artículo que manejo cita al Nobel de Economía 2008, Paul Krugman: “El problema consiste en que la productividad es siempre el resultado conjunto de un buen número de factores en los que no es posible dar saltos a corto plazo”. Así que tenemos batalla para largo. Gobierno y sociedad tenemos que entender que si vivimos en un país con moneda fuerte, que no podemos mover, para bajar el coste de nuestros productos, o bajamos los salarios o subimos la productividad. Y como evidentemente nadie quiere que le bajen su salario, la única manera es a través de la productividad, que es cuestión, sobre todo, de empresas y trabajadores.

El Gobierno debería entender esto, ya que le sobran economistas y asesores. Al bloquear la flexibilidad en el empleo dice que está haciendo justicia social porque asegura el trabajo a aquellos que tienen contratos fijos de larga duración. Pero no parece entender que el aumento de la productividad va de la mano de permitir que las empresas reciclen su fuerza laboral y den entrada a trabajadores a menudo más jóvenes y en muchas ocasiones, no nos engañemos, con más ganas de trabajar.

Así que mientras la productividad en el largo plazo mejora o no, la sociedad española, y que me perdonen los que ya lo están haciendo, debe simplemente trabajar algo más, debe mejorar sus hábitos, empezar más temprano –y si hace falta acabar más temprano, que lo que importa es el balance-, las películas o programas de gran audiencia de la televisión no pueden acabar pasada la medianoche, probablemente recuperar los viernes por la tarde, que ya sé que duele. Y reprogramar el verano para que la economía siga funcionando sin empezar a frenar a principios de julio y no recuperar la plena marcha hasta mediados de septiembre. Porque me temo que si dejamos que los demás avancen mientras nosotros tomamos el sol, vamos a acabar picando piedra. Y ya saben que las piedras con sol están mucho más duras…

¿Relax? Todo lo contrario, ¡zafarrancho de combate!: “In case you didn’t know, it’s an alarm, you’re not on a pleasure cruise!”

A mi amigo Lars, con quien he compartido Das Boot, Billie Holiday y unas poquitas horas extra…

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