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People fleeing the unrest in Tunisia transfer onto the Italian Navy's amphibious transport dock MM San Marco, off the southern Italian island of LampedusaSupongo que por el título se imaginarán que voy a hablar de castillos. Frío, frío. Sólo es la primera piedra de estas líneas. He estado pensado en todo esto de las vallas y barreras, muros y construcciones varias que limitan el movimiento o la libertad, que la Humanidad se ha ocupado en erigir desde hace algún millar de años. Se trata de separar a una gente de otra, de que no escapen los que están dentro de un recinto o no entren aquellos a quienes, dentro o fuera, se considera hostiles, peligrosos o molestos. Desde la Gran Muralla, que los chinos se tiraron dos mil años construyendo y ampliando, a las murallas de numerosas ciudades romanas, los muros y fosos de los castillos feudales, la Línea Maginot, el Muro de Berlín, el que separa las dos Coreas, la Geder HaHafrada de Israel –“Separation Wall” que sus oponentes llaman “Apartheid Wall”-, la “U.S. Mexico Border Fence” o nuestras vallas, que a ratos parecen de atletismo, de Ceuta y Melilla. Pasando por las alambradas de campos de concentración, campamentos de refugiados y centros de internamiento varios, y perdonen que meta todo en el mismo saco. En suma, un conjunto que refleja en buena parte la historia oscura del hombre, en el que como mínimo a un lado, y a veces en ambos, se extiende la miseria, el sufrimiento, la incomprensión o el odio.

Si unimos los puntos de lo que sucede en el sur de Europa, deberíamos entender cómo vivimos una situación que se complica por momentos. El “Amanecer Dorado” de Grecia representa el peligro del extremismo racista que “defiende”, violentamente, sus ideales excluyentes. Cientos de inmigrantes asaltan, con la energía de la desesperación, las vallas de Ceuta y Melilla. Y esta semana la remata el naufragio, uno más, de Lampedusa, donde la cuenta trágica de fallecidos dicen que superará las trescientas personas. Diez veces más que cuantos murieron en el “Costa Concordia”. Le hace a uno pensar en cómo medimos los afortunados las dimensiones de las tragedias según las víctimas sean de un lado u otro de la valla.

Con África “disfrutamos” de alguna vallita, que haremos un poquito más alta, o le pondremos más alambre de espino, a ver si así no consiguen saltarla y, sobre todo, de un foso: el Mar Mediterráneo. Europa ha adoptado la táctica del señor feudal: defendamos el foso. Incruenta de obra, con bocadillo, coca-cola y pasaje de vuelta, pero sin atacar en serio el fondo del problema. No me atrevo a decir que no hay que hacer lo que se está haciendo, pero me parece que al final, igual que cuando se acabó el feudalismo, un foso no basta.

La expectativa es que África más que doble su población hasta el 2050. De los algo más de 1.000 millones actuales a 2.400 millones, frente a los 500 millones que a duras penas se mantendrán en Europa. De los 20 países con mayor natalidad del mundo, 17 están en África y en todos ellos los nacimientos superan los cincos hijos por mujer en edad fértil, más del triple la tasa europea. La salud y la esperanza de vida en esos países, además, aumentan. Afortunadamente. Pero no puedo evitar que la actual pirámide de población de África me imponga respeto. En el otro extremo de la española. De nuestro “¿qué hacer con tanto viejo?” a su “¿qué hacer con tanto joven? Más de 250 millones de africanos son menores de 20 años.

Yo creo que Europa se va a tener que remangar. Entender que las patrulleras, y el radar marino, y los centros de internamiento son una cataplasma momentánea. Que va a haber que irse allí y ayudar en la educación, en las infraestructuras, en el buen gobierno. La explotación europea de la época colonial para dominar los mercados de materias primas debe ser sustituida por otra presencia pacífica, lo que es un mecanismo de autodefensa, caridad aparte, que la Unión Europea debería activar sin tardanza. La única solución es que el continente prospere más deprisa de lo que aumenta su población -y de paso que ésta no crezca de forma tan desaforada-. Lo que para Europa es más relevante a medio plazo que los rescates financieros varios que se han acometido.

Y España, que ha perdido su condición de líder en tantas cosas y que tiene una historia africana más limpia que varios otros países europeos, bien podría tomar la iniciativa. Que además es más que probable que algo saldríamos ganando.

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PatinadoraOtra vez dándole vueltas a lo del largo plazo, que no es cosa muy sexy, pero en la que creo que vale la pena invertir. No por mí, que supongo que ya no andaré por aquí -iba a decir espero-, sino por la familia que voy a dejar atrás y su futuro bienestar. Ya casi más los nietos que los hijos. Bueno y por los demás también, disculpen.

Entre la mucha paja que avientan de seguido los medios de comunicación, aparecen de vez en cuando cosas que de verdad ocupan la mente. Estos días me ha preocupado de nuevo, más que ocupado, lo de cómo se está poniendo boca abajo nuestra pirámide de población, que ya ni es pirámide “ni es ná”, como diría Gila. La “maldición de la pirámide” casi podría añadir. La previsión de que en 2050 haya en España casi 17 millones de personas de más de 65 años (16.651.000 para ser exactos, según las Naciones Unidas), y de ellos más de 6 millones de más de 80 años, no puede sino inquietar y obligar a que nos preguntemos cómo se va a mantener esta nave a flote.

¿Se imaginan la playa? Algo así como el negativo de las patinadoras en la de Santa Mónica. Que estuve allí y se me ha quedado la imagen. Pero aquí con andadores.

Y bueno, luego he leído un artículo interesante del profesor César García, que enseña en la Central Washington University (“¿Miente la Universidad de Shanghai?”), sobre la necesidad de establecer competencia entre centros de enseñanza y rivalidad docente, como medios de mejorar el nivel de nuestra educación. Que por cierto para ver quién era este señor me he metido en la web de su universidad y he encontrado las calificaciones que le dan sus alumnos y cuánto gana, en dólares, y en proporción al resto de profesores y empleados de esa universidad. A eso le llamo yo transparencia. Transparencia de la que aquí carecemos.

Cito estas dos cosas, demografía y educación, porque sospecho que por esta última viene la casi única solución a las dificultades de esa futura España senil. O al menos la principal. Lo de la demografía no sé cuánto remedio tiene. Sólo se puede arreglar si la cultura del niño único o la parejita se rompe y las parejas empiezan de nuevo a tener tres o cuatro hijos. Complicado, al menos en esta década. ¿Más inmigración? Posible, pero habría que ordenarla y también difícil mientras no digiramos buena parte de la cola del INEM. El crecimiento económico ayuda pero no basta, porque el desequilibrio demográfico avanza de forma inexorable y acabará ganando la partida. El recorte de las pensiones, actuales o futuras, tampoco. Un parche, que sólo resuelve, intenta resolver, la parte del problema que afecta a las finanzas públicas que es, entre paréntesis, la única de que se habla. Porque la parte esencial del problema no es financiera, es económica y social. Y ahí yo sólo veo la solución de tomar grandes medidas en el terreno educativo, cultivando la excelencia e intentando crear una nueva generación mejor preparada que las actuales en lo económico y en lo cultural. Y en lo moral, que es fibra que tenemos bastante deshilachada. Y una cosa deberíamos tener claro: el principal medio para generar calidad es el estímulo, en dos formas, premio a los resultados y presión para que se consigan. Con los alumnos y con los profesores. De todo ello andamos cortos.

Sólo las nuevas generaciones, con preparación y empeño, pueden detener la progresión de esta ecuación maldita donde, si no hacemos algo, las bondades de nuestra salud y longevidad van a acabar consumiéndonos.

Lo siguiente es quién se ocupa de poner esto en marcha… Pues el gobierno, claro, dirán. Ah! That’s the question! Porque hay tanta mediocridad, cortoplacismo y egoísmo (“of the people, for the bureaucrats, by the bureaucrats”, Milton Friedman) en la clase política, que es difícil pensar que vaya a suceder. ¿Ustedes lo creen? Los muchos gobiernos que nos rigen se ocupan de lo accesorio y rebosan de palabrería inane. Me desayuno, ¡hoy domingo! con Pere Navarro que opina sobre la cadera del Rey. Me estropean el almuerzo Rubalcaba, Cospedal, el Cándido Méndez, Soraya Rodríguez, el Toxo, el Artur Mas, y más, y más, todos los días, todos los días. Y los medios ¡venga micrófonos! como si estuviéramos todos ansiosos por escuchar sus opiniones. Y así vamos, al tran tran, a ver si la cosa se arregla sola, el mes que viene salen otras cuantas personas del paro y nuestro equipo gana la Liga. Así que el Sr Rajoy debería dejar el tran tran para el mus. Para mí, si se dedicara sólo a rescatar el largo plazo, de nuestro país que no sólo de nuestras finanzas, y a vencer al nacionalismo, ya me bastaría para considerarle un buen presidente. Y hasta estaría dispuesto a esperarme a ese largo plazo, contra la opinión de Keynes.

Y otro día escribo sobre Friedman.

Tendido de Sol

Anda la sociedad española instalada en algún lugar no muy definido entre el “todo vale”, la indignación que no fue y un marasmo tipo Mar de los Sargazos.

Esta semana he pasado por la Puerta del Sol. ¿La verdad, verdad?: vergüenza ajena, el Kilómetro 0 de España invadido por marginalidad, suciedad, cutrerío, okupación y otros reclamos turísticos. Lee el resto de esta entrada »

Tomé un taxi en el aeropuerto de Frankfurt hacia Wiesbaden. Algo más de media hora en la oscuridad, así que tuve ocasión de charlar un rato con el taxista turco. En cuanto le dije dos palabras en mi rotoso alemán se dio cuenta de que yo era español y me confió que había tenido una novia granadina: “todo fue bien hasta que mi futura suegra se enteró de que yo era musulmán, ahí se acabó todo…”

Si pudiésemos medir sobre una escala el aprecio de la sociedad española por el mundo islámico, la aguja estaría en algún punto entre la ignorancia y el recelo, la indiferencia y la hostilidad. A la poca simpatía histórica se han unido en la última década los atentados terroristas del 11-S y el 11-M, que en la psique social han dejado una huella difícil de borrar. Y lo que seguimos escuchando es la violencia de sus conflictos, mezcla de cuestiones tribales-étnicas, religiosas o territoriales. Mejor quedarse al margen, dicta la prudencia. De ahí la reacción suiza con las mezquitas y el fomento de la exclusión.

Pero la realidad es que vamos a tener que vivir con nuestra vecindad con el mundo musulmán. Desde el año 2.000 nos llegan desde Marruecos entre 50.000 y 100.000 inmigrantes por año, entre 1.000 y 2.000 cada semana. Si en aquel año teníamos 200.000 marroquíes con permiso de residencia, ahora iremos por los 800.000, ilegales aparte. ¿Problema u oportunidad?

A corto plazo, en un país con más de cuatro millones de parados, mucha gente cree tener claro que seguir sumando inmigrantes que compiten con los locales en un mercado laboral en contracción, es un problema. Y además los inmigrantes demandan servicios, más problema.

¿Respuesta?: rechazo.

¿Y en el medio y largo plazo? Ahí ya es más difícil de juzgar la cosa. Si mezclamos por ejemplo el tema de las pensiones, el sentimiento es que la gente no quiere trabajar más años. Pero para eso hacen falta jóvenes que reemplacen a los que se jubilen. Y la situación europea –y España no es excepción sino ejemplo- es que perdemos constantemente población en edad de trabajar (15 a 64 años). Unos 25 millones en 25 años. Y mientras Europa perderá 25 millones, los países del MENA (*) ganarán unos 150 millones. Es lo que se denomina el “youth bulge”. Mientras la pirámide poblacional europea se ensancha por arriba, la de nuestros vecinos se ensancha por el centro. Complemento ideal, en teoría.

Una parte sustancial de esos 150 millones de personas, que es previsible que no encontrará suficientes oportunidades en sus países, emigrará. Así que por más rechazo que se produzca, la marea va a seguir subiendo.

¿Respuesta?: integración, respeto mutuo a las costumbres –religión incluida-, ayuda al desarrollo social en origen, política exterior inteligente, activa y equilibrada –en el conflicto de Israel y Palestina en particular-, cooperación. Parte esencial del problema es que el fundamentalismo anti-occidental, anti-americano, sigue cocinándose de forma permanente en madrasas y mezquitas. Y la única forma de evitar que siga aumentando va a ser la elevación de esas sociedades hasta que comprendan por sí mismas que la solución a sus problemas propios, traducidos en odio contra Occidente, no son las bombas. Y que se conviertan así en nuestros clientes, en lugar de nuestros adversarios.

Thomas Friedman en su libro Longitudes and Attitudes, analiza la génesis del grupo de terroristas que atentaron contra el World Trade Center. Esa gente eran mayoritariamente saudíes que estudiaron en Europa. Su falta de integración en la sociedad europea les llevó a refugiarse en mezquitas en las que el mensaje regular era el odio a “los infieles”. Leo que en España casi el 25% de los marroquíes visitan su mezquita a diario. Y también leo que España es el país de Europa donde los marroquíes se consideran peor integrados y más discriminados. Algo a pensar.

“My philosophy is that when I go out of my room, I’m prepared to love everybody I meet, unless they’re bad. If they’re bad, I’m prepared not to love them and to dislike them independently of the fact if they’re Jewish or they’re Black or White or Christian or Muslim” (“Mi filosofía es que cuando salgo de mi habitación, estoy dispuesto a amar a todo el mundo, a menos que sean mala gente. Si son mala gente, estoy dispuesto a no amarles y a que me disgusten, independientemente de que se trate de judíos, o sean negros, blancos, cristianos o musulmanes). Omar Shariff sobre la película “Monsieur Ibrahim”.

(*) MENA: Middle East and North Africa. Argelia, Bahrain, Egipto, Irán, Irak, Israel, Jordania, Kuwait, Líbano, Libia, Marruecos, Omán, Territorios Palestinos, Quatar, Arabia Saudita, Sudán, Siria, Túnez, Emiratos Árabes Unidos y Yemen. Ver Emerging Demographic Patterns across the Mediterranean and their Implication for Migration through 2030, Philippe Fargues, Center for Migration and Refugee Studies, the American University in Cairo, Robert Schuman Centre for Advance Studies, European University Institute, Florence, November 2008.

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