[Jul-Ago 2012] Martin Chuzzlewit, Charles Dickens [1843-1844, 942p.]. Empecé con Dickens ya en mi madurez, hace diez o quince años a lo más. Se ha convertido para mí en un autor de recurso para cuando de verdad quieres evadirte del mundo de hoy, durante unas semanas al menos, y reírte en silencio mientras los demás piensan que están sumido en algún libraco sesudo.

Dickens ofrece un humor excelente y una inspiración apabullante para elaborar tramas con acierto. Se disfruta siempre. Tal como dije al comentar la novela “Tom Jones”, de Fielding, no cabe buscar dobleces en sus personajes, son buenos o malos, y como tales no te crean complicaciones. Tal vez un fallo, pero no deja de entretener.

Abunda Dickens en el egoísmo y la hipocresía como las cualidades contra las que luchan “los buenos” en Martin Chuzzlewit, encabezados por el propio Martin y por Tom Pinch. El personaje de Seth Pecksniff, en particular, destaca entre lo mejor de Dickens. Bastante abrasiva, y creo que injusta, su visión de Estados Unidos, pero a Dickens todo se le perdona.

He releído algunos trozos de Tom Jones, al que Dickens tanto admiraba, para comparar una de las partes interesantes de estas novelas, más allá de los personajes, que es la descripción de ambientes en las posadas y la vida en general de los viajeros en los caminos de hace doscientos años. ¡Cómo han cambiado las cosas! Fielding y Dickens le dan un trato semejante a posadas y posaderos, o posaderas, que se lee con agrado.

Dicho lo anterior y aunque es arriesgado para un español verter la más mínima crítica sobre Dickens, creo, a diferencia del autor, que no es su mejor novela y que su público tenía razón. Pero Dickens siempre es recomendable.

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