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A principio de los años noventa pasé una mala racha. Me despidieron de una empresa de forma inopinada y nos encontramos de repente en un atasco económico como el que estarán pasando hoy en día cientos de miles de personas. Con hipoteca, los chicos estudiando, a tope de gasto y con la familia completa dependiendo de mi único y desaparecido sueldo. Tardé unos cuatro o cinco meses en encontrar un nuevo empleo, pero confieso que hubo algún día de esos en que me quedé en pijama hasta mediodía sumido en un “¿y ahora qué hago?”
Desde entonces pienso a menudo en por qué algunas personas les cuesta mucho más que a otras encontrar trabajo. Y a algún amigo, cuya inteligencia me consta, le está costando.
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He estado unos días ausente, espero que me sepan disculpar. Ha servido para que mi público lector cayera más o menos un 80% y confirmar que siempre hay que salir a vender, aunque sea mala literatura, y que me perdonen los fieles. En el momento que se deja de empujar, la actividad se para. Va para todos los que no tengan fe inquebrantable en la labor comercial.
Pero también me ha servido para tomar una cierta distancia de los asuntos que nos acosan en el día a día. Así que he estado un par de semanas sin ver televisión y sin leer la prensa diaria. Bueno miento, anteanoche estuve un rato mirando una película de Cary Grant en valenciano, intentando entender el por qué del esfuerzo de traducción y cuánto pierde Cary en ese idioma. De prensa y televisión, sólo de oídas, deduzco que me he quedado fuera de onda en dos grandes bloques de asuntos. De una parte cuestiones políticas mayormente fútiles, léase trajes de Camps, caso Gürtel, pactos vascos, viajes africanos y demás. De otra, noticias económicas todas malas y que además ya las tengo repes. Bueno, y también me he perdido la parte rosa y amarilla, pero ésa me la pierdo siempre.
Yo creo que en tiempos turbados es recomendable ejercitarse en la abstracción. Así que me he refugiado de nuevo en los libros, que excitan la imaginación. Entre lo que he leído, una pequeña joya que tenía por casa y nunca había abierto, “Industrias y Andanzas de Alfanhuí” de Rafael Sánchez Ferlosio. ¿Quién por ahí estará leyendo hoy a Sánchez Ferlosio? ¿Alguien? El capítulo de su libro sobre el árbol de hojas de colores, de bello realismo mágico, me sirve para reclamar el imperio de la imaginación. La acción rutinaria, de gobierno, empresas o trabajadores, hoy no basta. La laboriosidad no basta. El dinero no basta.
Tenemos que echarle a la cosa imaginación. Un amigo me recordó hace unos días la frase de Einstein: Imagination is more important than knowledge. For knowledge is limited to all we now know and understand, while imagination embraces the entire world, and all there ever will be to know and understand (La imaginación es más importante que el conocimiento. Porque el conocimiento está limitado a lo que sabemos y entendemos ahora, mientras que la imaginación abarca el mundo entero y todo lo que habrá por conocer y entender).
Así que si les aprieta la crisis, o mejor quito el condicional, ya que les aprieta la crisis, tomen distancia, y dedíquense un poco a imaginar. Hagan un huequito a pensar en otras cosas y otros caminos, porque es muy probable que la situación en que estamos metidos traiga muchos cambios y sólo aquellos capaces de ver otros mundos, otras oportunidades, el árbol de hojas de colores, van a sobrevivir empresarial o laboralmente.
Hace unos días he leído que la subvención que recibe el cine español es tanto como lo que recauda en taquilla. ¿No será que estamos subvencionando la rutina? Gobierno, sistema educativo, bancos y sociedad tienen que premiar a los que imaginan y apoyar el que aquello que tenga traducción empresarial fructifique. Sólo ellos son los que van a conseguir que haya trabajo para el resto. Hace falta más capital riesgo y más vocación de respaldar a las ideas en lugar de fijarse sólo en las garantías.
Si soy sincero hice la ruta al revés. Regresábamos de visitar a una de mis hermanas y el aeropuerto de Bologna estaba cerrado. Niebla padana, así que nos metieron a todos en un autobús y nos llevaron al aeropuerto de Pisa. Y sigo un poco en la niebla en cuanto a temas educativos, porque llevo en eso unos años sabáticos gracias a que mis hijos han terminado su educación formal y mi nieta aún no ha iniciado la suya. Así que me he podido desentender un tiempo de leyes cambiantes y asignaturas polémicas.
Pero el enfoque económico del asunto sí que me interesa. El otro día escuché que la mayoría tenemos la idea de que los efectos de la educación son muy de largo plazo. Quien hablaba decía que, por el contrario, un gran esfuerzo por la educación debería surtir efecto sobre la sociedad en un período relativamente corto, del entorno de cinco años, si se actúa sobre el segmento adecuado, sobre todo los jóvenes de bachillerato y universidad. Estoy dispuesto a creérmelo, aunque lo que veo más complicado es convencer a estos chicos de cambiar de marcha cuando ya se han acostumbrado a lo bueno. El problema no es ya ofrecer educación, sino estar dispuesto a recibirla.
El Informe Pisa es devastador para España. Y creo demostrable que entre la mala posición de los estudiantes en el Informe Pisa y el número de desempleados jóvenes existe una correlación. En cuanto al Proceso de Bolonia confieso mi distancia con respecto a los detalles y su polémica. Pero sí que puedo constatar que cuando hace dos o tres años analicé por encima, en relación con el denominado Plan Revita, las cifras de graduados y post-graduados de las universidades de Sevilla, Burdeos y Bristol, lo que asoma de la universidad española es más masificación que excelencia. Nos hace falta más excelencia, a todos los niveles.
Tal vez uno de los beneficios de esta crisis sea trabajar más con los jóvenes sobre la cultura del esfuerzo, lo que siempre es más fácil cuando las cosas en la calle están difíciles. En 1990 me cayó en las manos una edición especial de la revista Newsweek: The 21st Century Family. Así que como me la guardé, hoy no me hace falta más que reproducir dos o tres de mis subrayados de entonces para ilustrar esta idea:
• En los años setenta los sociólogos americanos avisaron de que los jóvenes estaban convirtiéndose en consumidores expertos mucho antes de aprender a cómo producir.
• Horas de ver televisión y escuchar música (Internet y el chat no eran parte de esta historia en 1990) han creado una población estudiantil pasiva. La habilidad de crecer de la pasividad a la actividad es un paso fundamental de la infancia a la edad adulta.
• En esencia, es una cuestión de valores culturales. Lo que los jóvenes ven como deseable en los medios de comunicación y en los centros comerciales son sobre todo los valores que los adultos promovemos: consumismo, narcisismo y la gratificación inmediata del deseo.
Un profesor de desarrollo humano citado por Newsweek (1990) se refiere al extraordinario éxito académico de los estudiantes asiáticos en Estados Unidos, especialmente los hijos de familias pobres: They are walking away with the fellowships. Why? Because they come from cultures which have strong family systems where the notions of activity, responsibility and work are values.
Lucy Kellaway, columnista del Financial Times (2009): en la ceremonia –de entrega de premios del colegio de su hijo-, me di cuenta de que la mayoría de los premios académicos los ganaban niños chinos e indios… los chicos asiáticos se merecían mejores resultados que mis hijos porque se esfuerzan más. Es una realidad cultural, sus padres les obligan a esforzarse más de lo que yo lo hago con mi hijo…
Veinte años, la misma historia.
Así que los padres y las madres, y algún abuelo, tienen que convencer a la panda, lo que probablemente significa subir la prioridad en casa de los estudios y asumir algún que otro berrinche. Cuando veo a cuarenta chavales en una pista de patinaje a las once de la mañana de un día lectivo, o cuando veo a tres niñas de uniforme sentadas a las mismas horas en el suelo de la calle, fumando, pienso que queda trabajo.
A lo mejor suena duro, pero con la excusa de la crisis yo empezaría por vaciarles los bolsillos, a ver qué pasa…
Y para ayudar a los mayores a entender todo esto, aquí va este clip, que con ¡52 millones de visionados! algo debe tener. Les prometo que lo estoy buscando (yo no tengo hijos de 15 años que me ayuden…)
Supongo que los nubarrones negros de ahí encima nos habrán hecho pensar a alguno en lo de pedir en el metro… Yo siempre recuerdo una pequeña historia de la Novela de Tres Centavos, de Bertolt Brecht. A Fewkoombey, el soldado que vuelve cojo de de la Guerra de los Boers, le encarga Macheath (“Macky Navaja”) la tarea de alimentar a los perros de los mendigos. La ocupación es sencilla pero delicada: tiene que darles de comer lo suficiente para que no se mueran pero no demasiado, no sea que engorden y dejen de inspirar compasión. Como el trabajo le ocupa poco tiempo, pasa el resto del día leyendo medio tomo de una enciclopedia, de ésas de muchos, que le regala una vecina. El resultado es que después de algunos meses lo sabe todo sobre la letra “M”… pero absolutamente nada del resto del mundo del conocimiento.
Fewkoombey tiene la curiosidad y la pasión por aprender, pero carece de los medios. Nuestros jóvenes de hoy, y los menos jóvenes también, lo tienen todo a su disposición para aprender cuanto quieran. Sólo hace falta curiosidad y pasión por el aprendizaje.
Hay una cosa que los acontecimientos recientes nos están haciendo olvidar. Aparte de la crisis inmobiliaria y de la crisis internacional, nos acompaña una realidad que ha pasado a segundo término mediático pero está ahí, que es el fenómeno de la globalización de la producción y los servicios. Podemos confiar en que las crisis pasarán. Pero también podemos estar seguros que la globalización seguirá hacia delante.
Ninguno de los problemas que estamos viendo son consecuencia de un único factor, todos lo son de una mezcla. La globalización es parte de esa mezcla. Cuando los trabajadores de General Motors en Zaragoza se manifiestan porque ven su trabajo en peligro, detrás estará la crisis de liquidez o la crisis internacional de confianza, pero sobre todo está la globalización. Lleva años impactando sobre el sistema económico mundial sin que muchas economías occidentales estemos haciendo lo suficiente, o algo, para acomodar nuestra sociedad a esa nueva situación.
Mi manual de cabecera sobre el tema es el libro The World is Flat (2006) de Thomas Friedman. El autor, que ha ganado tres premios Pulitzer, desgrana en su libro los fundamentos de la globalización y sus propuestas para que Estados Unidos no pierda su liderazgo económico. La mayoría de sus razonamientos son directamente trasladables a nuestro país. En cifras de Friedman, China tenía en 1990 unos 375 millones de personas en situación de pobreza extrema. En 2001 eran 212 millones. En 2015 se espera que sean sólo 16 millones. Ese incremento de nivel de vida, basado sobre todo en una revolución educativa, no es sólo consecuencia de crear más riqueza, lo es también de drenarla de otros países. Léase crisis de General Motors, léase manifestación de Zaragoza.
Manifestarse con pancartas no va a crear empleo (supongo que los sindicatos no leen estas cosas). Hay que buscar más soluciones y creo que deben de ser del tipo de “qué hago yo, mientras por ahí arriba piensan en qué hacen”. La sociedad completa tiene que hacer un ejercicio de introspección y analizar qué cosas tienen que cambiar si queremos defender nuestro nivel de vida.
Nuestra mayor esperanza debe estar también en la educación. Me resulta de máximo interés la ecuación que propone Friedman: CQ, cociente de curiosidad + PQ, cociente de pasión por el aprendizaje > IQ, cociente intelectual. La suma de la curiosidad y la pasión por el aprendizaje es mayor que el propio cociente intelectual. El mayor efecto positivo de la revolución tecnológica que estamos viviendo es que prácticamente todo el que quiera tiene acceso a una ventanita como ésta sobre la que usted y yo escribimos y leemos, que se abre sobre el universo del conocimiento. Detrás de esta pantalla está TODO. Pero hay que tener curiosidad y pasión por aprender, y eso es lo que tenemos que imbuir en nuestros hijos, nietos, compañeros, empleados, amigos. La mejor ocupación mientras escampa es prepararnos para la post-crisis, aprendiendo y ayudando a aprender.
Y como he empezado con Brecht, aprovecho para incluir un clip de The Ballad of the Pimp de The Three Penny Opera, con Alan Cumming y Cyndi Lauper (53 años… para los que se lo pregunten). El Tony Award que recibió me permite publicarlo pese a su contenido un poco subido de tono para un blog supuestamente económico. ¡A ver si ayuda a animarnos!
P.S. Ya sé que hoy tocaba hablar de Obama. Su discurso ha sonado bien, pero me he inclino por la indicación bíblica: «por sus hechos los conoceréis».





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