Una de las irritaciones de la dichosa tele es tener que ver u oír a diario a miembros varios de la clase política. No hay manera de evitarlo, si enciendes la caja, claro. Yo no veo todos los días imágenes de Marilyn Monroe ni escucho a Alfredo Kraus o Groucho Marx. Me atrevo incluso a decir que si los viera y escuchara tan a menudo, me acabarían cansando. Así que imagínense como me siento cuando en lugar de a ellos me toca tragarme con la tostada matutina el tostón del tándem Zapatero-Rajoy y adversarios, adláteres y acólitos dándome opiniones repetidas que sé que difícilmente me van a llevar a algún sitio. Estoy seguro que cuando marcho a ver si produzco algo para la economía propia y ajena, consigo mucho menos que si hubiera podido echarle un vistazo a Marilyn contoneándose bajo un chorro de vapor.

Soy renuente a comentar sobre política, pero está la cosa tan futuda, por ponerlo suave, que creo que toca.

Pensando en lo que me gustaría que sucediese me he encontrado con esta casita para patos, que está en el meollo de cómo muchos británicos se han tomado el uso abusivo de las prebendas de sus diputados. La casita parece que le ha costado al contribuyente británico £ 1.645 y a Sir Peter Viggers, que la compró para el jardín de su casa con cargo a la cuenta de gastos parlamentaria, su carrera política. Incluso ha tenido que vender su propia casa por £ 800.000, pobrecillo. Me gusta, pero no es suficiente.

Me gustaría escuchar, al menos en propuesta, soluciones que expresen conocimiento por parte de nuestros gobernantes. Y para ello hace falta valentía y libertad para que cada uno manifieste sus ideas. Y me temo que la valentía y la libertad de la que tanto presumimos están ausentes de nuestro Parlamento. Y lo están porque, como todos sabemos, la obediencia de los señores diputados no es a los votantes, sino a su partido, que es el motivo por el que votarán lo que sea, contra su conciencia las veces que haga falta, porque saben que si pierden el poder, pierden el empleo. El que de verdad manda no es el votante. El que manda es el señor del lápiz que ordena la lista para las próximas elecciones. Me gustaría que eso no fuese así.

Y me gustaría que eso también se arreglase en las cámaras autonómicas, con otros 1.206 diputados que funcionan igual. Y que luego se arreglase en miles de ayuntamientos en los que sucede lo mismo. Y que luego se secase todo el tejido institucional y financiero que también está empapado de política, desde las empresas públicas a las cajas de ahorros, la administración de justicia y un sinfín de ramificaciones que, lamentablemente, reflejan más el instinto de supervivencia de un grupo, con la excusa de la ideología, que una voluntad de producir el bien común para toda la sociedad.

Por todo eso me parecen un tostón los debates parlamentarios. Porque aunque considero primordial que las decisiones políticas nos ayuden a enderezar la nave, lo que llaman debate no es tal debate, sino el cuac, cuac de una manada de patos en su humedal particular. Y que encima no emigra ni a tiros.

Por ahí en una nota al margen he apuntado sobre el libro “The Storm of War”. Roberts da como una de las razones para que los aliados ganasen la Segunda Guerra Mundial, la capacidad de ingleses, americanos y otros aliados, de debatir libremente sus estrategias. A veces equivocándose, pero al final sumando conocimiento y experiencia para tomar las mejores decisiones. Mientras tanto, en el otro bando nadie se atrevió a chistarle a Hitler por temor a las represalias, y así pudo éste permitirse cometer todas las barbaridades estratégicas que quiso, entre otras barbaridades.

Más importante que cambiar a los políticos es trabajar sobre nuestros fundamentos democráticos e institucionales y sobre los límites y responsabilidades del poder político.

Perdonen, me he puesto un poco gris y trascendental, así que aquí va un poquito de Marilyn. Porque confieso que he mentido aquí arriba al decir que me cansaría de ella… ¡A ver si con el ukelele nos animamos y producimos un poquito más!

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