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Todavía no me ha llegado la cesta de navidad de la Cámara de Comercio de Madrid. ¡Pagué mi cuota hace meses, pero la sigo esperando! Que tengo yo ganas de fomentar el consumo, que dicen que es el motivo del envío. Aunque para ser coherente me tenga que quedar sólo con los vinos, el turrón, el lomo, el chorizo y el jamón, por aquello del “compre productos españoles”. Y devolveré el televisor Grundig de 32 pulgadas, el champán Moët Chandon y otras cosillas. Aunque pensándolo bien, todas son europeas, ¿no? Y como nuestros vecinos también están en crisis, pues he decidido que les voy a ayudar, que me lo quedo todo, que así hago país, bueno Unión Europea. ¡Gracias Salvador, y felicidades por la iniciativa!
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Disculpe doctor, ¿he oído bien?
Pues sí, no bromeo, en las últimas pocas semanas hay un par de cosas que califico sin ambages de buenas nuevas, al menos para el sector inmobiliario relacionado con los inmuebles en renta.
Primera buena noticia: los tipos de interés han pasado el cambio de rasante y empezado a descender de forma acusada. Dónde llegará el descenso es aventurado de predecir, pero la voluntad política parece ir en esa dirección, con el control de la inflación, ayudado por la bajada drástica del precio del petróleo, pasando a segundo término. Parece más probable que los tipos sigan descendiendo que lo contrario.
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Cierto día entré a visitar a un cliente en una fábrica de muebles cerca de Valencia. En el despacho del dueño, dentro, había una vieja Montesa.
Como me llamó la atención como objeto de decoración, le pregunté el por qué esa forma de aparcar. Me contó que la moto estaba ahí porque cuando su hermano y él empezaron con el negocio años atrás, para comprar las primeras herramientas habían tenido que vender su moto, que la tenían a medias. Y luego, cuando prosperaron (cuando yo les visité tenían más de 100 operarios), consiguieron localizar la moto, que aún rodaba, la re-compraron y le hicieron el homenaje de compartir despacho con ellos.
Supongo que hay historias así en muchos sitios, pequeños empresarios que se sacrifican en sus inicios, pasan estrecheces, trabajan horas largas y al final les va bien. No se me oculta que otros también se sacrifican, pasan estrecheces, trabajan largas horas y a veces no les va bien. Son las cosas de los negocios, del tino para tomar las decisiones correctas en el momento correcto, de ser austero y, sin duda, de tener buenas ideas.
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Suena bien, ¿eh? Bueno pues no se hagan ilusiones, porque se trata de una publicidad de 1972… Aquel año el Banco de Bilbao arrancó con el crédito al consumo, hasta entonces desconocido en España. El máximo del crédito eran 150.000 pesetas y nos comprometíamos a abonar el importe en 3 días. El marketing hizo de este producto un bombazo desde el primer momento.
Su campaña de promoción se debió programar un fin de semana, porque de lo que sí me acuerdo es que cuando llegamos a la oficina el lunes a las 8, ya teníamos cola en la puerta. Sin ni siquiera haber tomado café, nos cayó encima una montaña de trabajo. ¡Qué forma más tonta de empezar la semana! A mi me tocó poner orden en aquella cola y organizar al menos cómo se debían rellenar las solicitudes para intentar cumplir con lo de los 3 días. Acudí a mi jefe para que me dijera cómo tratar aquella invasión y me contestó en plan socarrón: “a todo el que lleve corbata dígale que sí”. Naturalmente se corrió la voz y todos los clientes se sentaban delante mío con corbata, que además sospecho era siempre la misma. Así que la verdad no tuve mucho problema en aprobar cientos de créditos ¡instantáneamente!
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Hace unos años me entrevisté con dos ejecutivos de Intel, que estaban estudiando la instalación en España de una nueva fábrica de microchips. Nos contaron sus requisitos, entre los que el principal era que precisaban de abundante mano de obra femenina de nivel educativo medio bajo. Las razones: contención de coste y que las mujeres tienen una destreza manual, lo que técnicamente se conoce como coordinación motriz fina o coordinación ojo-mano, muy superior a la de los hombres, y ello es clave para la fabricación de los chips de silicio. Entonces entendí por qué mi mujer puede enhebrar una aguja con mucha más facilidad que yo y por ello no me ha costado convencerla todos estos años de que quien tiene que coser los botones en casa es ella. Y también entendí por qué las fábricas de microchips están en países como Filipinas, India, Costa Rica o Vietnam.
Tiempo después visité Israel y pude discutir con mis colegas de Tel Aviv sobre la industria del software informático y su relación con el capital riesgo y con la industria militar y por fin este año pasado me he podido pasear por el Silicon Valley y conocer la Universidad de Stanford, San José y Santa Clara, con su museo de Intel, para intentar tener cuanto menos una visión superficial de ese icono del desarrollo tecnológico de la segunda mitad del siglo XX.
Con esos antecedentes propios, cuando me han vuelto a suscitar el tema de la deseable creación en España de un “Silicon Valley Europeo” (El País, 20-7-2008, www.malagavalley.com) me ha parecido que el tema merecía comentario.
Diré, en primer lugar, que cualquier iniciativa de este tipo me parece, por supuesto, encomiable. La meta es difícil y está lejos, pero lo que no se intenta no se consigue (“Whatever you think you can do, or believe you can do, begin it. Action has magic, grace and power in it» –Goethe-)
Añadiré, que ahora que “la fiesta ha terminado”, en expresión de mi amigo Ricardo Vergés sobre el sector inmobiliario, España se plantea un profundo cambio de modelo económico sobre el que, por más que nos cueste años llevarlo a cabo, habrá que empezar a trabajar cuanto antes. Y el nuevo modelo pasa por equiparnos de industrias exportadoras que sustituyan el crecimiento que sin duda vamos a perder por la menor producción de inmuebles y que además nos ayuden a “desendeudarnos” internacionalmente.
Pero ese cambio, llevado en su forma más extrema a la aspiración de crear una zona del estilo de un “Silicon Valley Europeo”, o que remotamente se parezca, se enfrenta con grandes dificultades. Habrá que cumplir las condiciones que el profesor Manuel Castells tan claramente expone en su obra Technopoles of the World: a nivel cultural una base de agresiva competencia personal y corporativa, espíritu de empresa, valoración del trabajo (y no del disfrute) como impulso vital y consideración del mismo como base de la innovación. Y premio y reconocimiento a los que con todos esos principios triunfan. Y a nivel estructural, una universidad fuerte y exigente, una mayor capacidad y vocación del sistema financiero de apoyar proyectos de riesgo y una mano de obra capacitada en las habilidades de necesidad más actual. Como se ve, media docena de cosas, pero cada una de ellas por sí misma un reto de largo plazo que no puede ser acometido más que con una enorme reforma cultural de la sociedad española casi al completo.
Así que gente como la de “Málaga Valley”, aparte de impulsar su proyecto concreto, que sin duda es muy difícil, sirven para estimular que, al menos, se piense en la necesidad de ese cambio. Y a ver si así no nos quedamos en el estrato subsidiario de la gran industria, basado en el bajo coste, como hubiera sido la dicha fábrica de michochips que al principio cito.
Porque mi opinión es que, o nos ponemos a ello, o vamos a sufrir de un empobrecimiento para el que no nos va a quedar más que el consuelo bíblico: que “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de Dios.” (Mateo 19:24.).
Lo cual quiero matizar, porque creo que sería preferible aplicarse este otra parte de ese evangelio: “es imposible que obtenga la vida eterna un rico que ame más sus posesiones que las cosas espirituales. Sólo si reconoce su necesidad espiritual y busca la ayuda divina puede recibir la salvación que Dios otorga” (Mateo 5:3; 19:16-26.).
Generar riqueza no es incompatible con nuestra salvación. Así que apliquémonos a ambas cosas revisando nuestras prioridades.
Mientras tanto, con la que está cayendo, ¡orad hermanos!
Érase una vez un país muy próspero y muy bonito, con muchísimos cerezos, bellísimos cuando florecían. Y por todo ello sus gentes vivían muy felices y comían muchas cerezas, que a todos les gustaban mucho. Tantas comían que la producción de cerezas no hacía más que crecer y crecer, y la gente era muy feliz porque además muchos trabajaban en su cultivo. Y esta felicidad general duró muchos años, aunque un día empezó a verse que tenía una pequeña mácula: los precios de las cerezas, dada su popularidad, no hacían más que subir y subir, y alguna gente incluso tenía que pedir dinero al prestamista para poder comprarlas.
Pese a ese pequeño problema, llegó un momento en que el gusto de la gente por las cerezas, y el gusto del agricultor por complacer a la gente y por ganar dinero, y el gusto del terrateniente por disponer más tierras para el cultivo de cerezos y por ganar dinero, y el gusto del prestamista por complacer a unos y otros y de paso ganar él también dinero, además de comer cerezas, hizo que se cultivaran tantas cerezas que empezaron a sobrar, porque la gente ya no quería comérselas todas. O porque unas eran buenas y otras no, o porque eran caras, o por no se sabe qué razones. Y el precio empezó a bajar y entonces, como el país estaba casi totalmente cubierto de cerezos, entró grande preocupación a todas las gentes. Bueno, a todas no, porque algunas, que últimamente ya no podían en absoluto comer cerezas por lo caras que se habían puesto, pensaron que a lo mejor, como consecuencia de esta nueva situación, podrían volver a comerlas.
Como no tenían muy claro qué hacer, porque al fin y al cabo a la gente siempre le habían gustado las cerezas y había pagado más y más por ellas, un día se reunieron el terrateniente, el agricultor y el prestamista, y acordaron pedirle a tres personas simples y honestas, un artesano, un herrero y un pastor, que no vivían directamente del cultivo de las cerezas, que les ayudaran a encontrar la solución del problema.
Así pues, invitaron al artesano, al herrero y al pastor a una agradable comida campestre en una soleada tarde veraniega, y a los postres les trajeron dos fuentes de cerezas: una con cerezas corrientes más o menos pequeñas, más o menos rojizas; otra con unas hermosas picotas, rojo intenso, dulces y crujientes. Podían comer todas las que quisieran.
Los tres comieron sólo de las picotas, que eran más dulces y mejores que las otras cerezas. Hasta que se hartaron. O sea que estaba claro: ¡a la gente le seguían gustando las cerezas, y mucho!, pero obviamente preferían las buenas. Pero como se las habían ofrecido gratis, la prueba no dejaba la cosa totalmente clara.
Así que los volvieron a reunir, volvieron a comer y les volvieron a ofrecer de postre dos fuentes de cerezas, de nuevo unas regulares y otras excelentes. Pero esta vez tendrían que pagar por ellas, a los precios del mercado de entonces. Ahí empezaron las objeciones: artesano, herrero y pastor seguían queriendo únicamente cerezas de las buenas, pero a mejor precio que el que les pedían, ¡y si no, no comían!
Desesperados, el terrateniente, el agricultor y el prestamista hicieron múltiples pruebas, siempre procurando conseguir sus precios, pero nada resultaba, ¡que no comían! Así que artesano, herrero y pastor se marcharon sin postre, porque de momento podían vivir sin cerezas y unas y otras les parecían caras. Y los productores se quedaron discutiendo sobre cuál era la solución. Y mientras discutían vino un oso muy grande muy grande, que había estado venteando el olor de las cerezas que tanto tiempo llevaban en la mesa, y se las comió todas, gratis, y de paso luego se comió al terrateniente, al agricultor y al prestamista.
Y total, que luego llegó un viejo cazador llamado Pedro y le abrió la barriga al oso y salvó al prestamista, etc., pero eso ya es otro cuento y además mi nieta dice que esa parte ya no se la traga…
Moraleja: 1. Cuando hay muchas cerezas, si quieres que se coman las cerezas regulares, no puedes poner delante también las buenas, porque sólo querrán éstas. 2. En el futuro, si cultivas cerezas, cultiva sólo de las buenas. 3. La única solución para vender tus cerezas es adaptarte a lo que quieren pagar los que las comen. 4. Mientras discutes sobre lo que hay que hacer para vender las cerezas, cuídate de que no venga el oso y se las coma todas (vale, a lo mejor sólo se come las buenas…) y de paso te coma a ti. Y 5. Lo del cazador que le abre la barriga al oso no se lo cree ni mi nieta.







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