Una motocicleta inglesa de dos cilindros, de la firma Indian, había quedado enterrada hasta sus ejes, y con rugiente fuerza hacía girar la correa de una dínamo. Ésta estaba formada por dos cortos troncos y temblaba al dar vueltas tan deprisa. En el sidecar un hombre ya mayor fumaba un cigarro; junto a él se levantaba un poste alto con un foco que iluminaba el día. Lo rodeaban carretas con caballos sin enganchar que comían su pienso. Lee el resto de esta entrada »
Ayer mañana pasé por el banco a cobrar un taloncito y luego fui a correos a enviarle un paquetito a mi hija.
En los dos sitios iba la cosa lenta, lenta… Ambos empleados, la cajera del banco y el de correos, eran personas de unos cincuenta años, año arriba, año abajo. Ambos luchaban con la pantalla de ordenador que tenían delante, unos 10 ó 15 centímetros por encima de su línea de visión (trabajaban sentados y tenían la pantalla sobre un mostrador). Ambos empleados llevaban gafas multifocales. Lo sé por sus movimientos al mirar a la pantalla, porque yo también las utilizo. La distancia y altura a la que tenían la pantalla les hacía difícil el ajuste visual, por lo que continuamente debían mirar por la parte inferior o superior de sus lentes para intentar leer lo que les estuviese ordenando el ordenador.
A la cajera la conozco y ya suelo ir preparado, de hecho me llevo un libro para la cola. Ayer me llevé “A Brief History of the Time”, por cierto. En la cola de correos éramos 11 clientes así que enviar el paquetito (€ 1,29) me costó bastante más caro en tiempo que en franqueo. Me hizo pensar.
Hace treinta y tantos años visité por trabajo una gran fábrica de prendas de ropa en Canals (Valencia). Allí me enteré de lo que era un cronometrador: Lee el resto de esta entrada »
Ayer estuve viendo un trocito de un reportaje sobre el sitio de Leningrado –la actual San Petersburgo- durante la II Guerra Mundial. La magnitud de aquella tragedia no ha sido superada ni antes ni después en ningún escenario bélico y confiemos que nunca lo sea. Del millón quinientas mil víctimas la mayoría lo fueron por frío y hambre, porque las tropas alemanas y finlandesas, aunque no consiguieron tomar la ciudad, paralizaron sus servicios y la dejaron sin transporte, energía, agua o alimentos. Los rusos aguantaron con enorme estoicismo y resulta admirable cómo, por ejemplo, mantuvieron sus bibliotecas funcionando. Pero lo que más me emocionó del reportaje fueron unas escenas del día de abril de 1942 que circuló de nuevo un primer tranvía¹. Aquella pobre gente lloraba y aplaudía, no sólo al medio de transporte, lo hacía por el símbolo de que la ciudad había resistido y empezaba a recuperar su normalidad.
Hoy en día, en Europa al menos, contemplamos esas dramáticas imágenes como algo pasado e indeseable, que no tiene razón de volver a producirse. Estamos acostumbrados a pulsar un interruptor y que se encienda la luz, abrir un grifo y disponer de agua que podemos beber sin más, a ducharnos con ella, fría o caliente –ahora fría-. Tenemos autobuses, metro, Internet, teléfonos móviles, supermercados y almacenes con todo lo imaginable a nuestra disposición.
Los retos son otros, no de destrucción sino de crecimiento. Lee el resto de esta entrada »
Hace unos años conocí a un jubilado del National Coal Board, la empresa pública que gestionó la minería del carbón en el Reino Unido. Cuando le pregunté por su ocupación me explicó que había sido responsable de “long term planning”, o sea estudiar los rendimientos de las explotaciones mineras a plazos largos, de cincuenta y más años. Con cierto humor inglés me decía que la gran ventaja de su trabajo era que, pese a llevar varios años retirado, nadie sabía todavía si sus predicciones eran correctas o no, precisamente por el largo plazo sobre el que trataban. Y que para cuando fueran capaces de culparle de algún error él ya estaría seguramente bajo tierra.
La planificación en la minería, o la industria petrolera u otras infraestructuras, como los aeropuertos o las centrales eléctricas, se basa necesariamente en estudios sobre el largo plazo, por la dilatada amortización de las cuantiosas inversiones que se realizan.
En la vivienda este tipo de predicción es menos común. Lee el resto de esta entrada »
Your online traces are helping fuel a revolution in the understanding of human behaviour – one that’s revealing the mathematical laws of our lives. De aquí arranca el artículo Social networks: The great tipping point test que firma Mark Buchanan en la revista New Scientist.
El asunto es fascinante. No es difícil imaginar, y hasta cierto punto temer, que nuestra constante interacción con Internet y la telefonía móvil deja una huella indeleble de nuestra actividad y nuestra forma de pensar. Nadie tiene claro dónde se encuentra el límite entre el beneficio o el posible perjuicio, modelo 1984, para la sociedad global. Pero lo que sí está claro es que estamos en un proceso imparable cuya velocidad crece de forma exponencial.
El artículo analiza como los sociólogos están intentando asimilar este nuevo territorio, con una cantidad de información tan masiva como supone, pensando sólo en Facebook, más de 400 millones de usuarios volcando de forma continua cosas tan sencillas como “me gusta esto” o enganchándose a Farmville.
Buchanan cita dos o tres ejemplos especialmente interesantes:
Por medio de la posición de nuestro teléfono móvil, también cuando está apagado, es posible saber dónde estamos en todo momento. Nada que no sospecháramos ya. Pero es que cuando se ponen en práctica modelos predictivos, se descubre que no sólo “alguien” –who?- sabe dónde estamos, sino también dónde vamos a estar en los próximos días o semanas, con más del 90% de probabilidad. Incluso cuando viajamos fuera de nuestra ciudad en un viaje de trabajo o vacaciones que a nosotros mismos nos parece ocasional.
Los sociólogos, por su lado, han analizado los gustos por la música o el cine a través de los comentarios de Twitter descubriendo que la popularidad de una canción o película está condicionada de una parte por la elección individual pero en una parte muy importante por las opiniones de los demás, que hoy se ven potentemente reforzadas por las redes sociales. De tal modo que lo que muchos creemos que son “nuestros gustos”, ya no lo son tanto, sino que han sido adulterados por la permanente recepción de señales de nuestro grupo de referencia, ya sea por edad, por amistad u otro. La formación de opinión por los medios convencionales, prensa por ejemplo, ha sido sustituida por la masa de simples “me gusta esto” que recibimos a diario, cada vez con menos posibilidad de defensa.
¿Qué hacer? Pues en la esfera individual, yo creo que intentar discriminar, de manera que sin renunciar a la educación y la opinión de personas más ilustradas que nosotros, seamos capaces de internalizar esa masa de opinión bruta que se nos presenta y saberla procesar para nuestro disfrute o beneficio.
Y en el ámbito empresarial, aplicar de forma clara aquello de “if you cannot beat them, join them”. De la misma manera que Hollywood es capaz de predecir con enorme exactitud la recaudación de una película por el número y tono de los mensajes de Twitter en los días inmediatos a su estreno, todos tenemos que aprender a vivir con estas nuevas herramientas. Nos tendremos que acostumbrar, por ejemplo, a que de igual manera que hay chicos y chicas que se conocen por Internet y acaban formando una familia, nuestras relaciones profesionales con clientes y proveedores están cambiando en profundidad y la habilidad de conocernos, estrechar lazos de trabajo y encontrar oportunidades de negocio se va a basar en muchas ocasiones exclusivamente en Internet y sus herramientas.
Nuestro cliente tiene que saber quiénes somos. Y nosotros tenemos que saber quién es nuestro cliente. Good data is like gold dust, dice Buchanan. Y habrá que ser bueno, porque cuando se es bueno, la gente ahí fuera te verá como muy bueno, y cuando seas malo, exactamente lo contrario. Así que hay que preocuparse cada vez más por la reputación y por la opinión pública, cada vez más pública. Estrechemos y cuidemos nuestro network virtual.
El info@ ha muerto.
Una pequeña película de culto para los que tenemos debilidad por los trenes. Los aficionados reconocerán el título. En inglés, por si sirve de pista, es “Train Birds”, aunque no es una buena traducción, porque se pierde el juego del alemán: “pájaros de tren” y “aves de paso” que es el verdadero significado. Aparte de su faceta romántica o policíaca la película se apoya en una curiosa competición: conseguir viajar a través de Europa de la forma más rápida combinando las rutas de trenes de diferentes países, con la ayuda de las guías horarias de sus respectivas compañías ferroviarias. Para acabar en Inari, un pequeño pueblo en la Laponia finlandesa, que resulta que no tiene estación de tren. La película elabora la cuestión de si es preferible la vida más rápida o la mejor, cosa que yo a estas alturas ya tengo claro y tiene un regusto de “roadmovie” ferroviaria con el que se disfruta.
Pero más que el disfrute, lo que me interesa hoy es lo de los horarios. Y lo de las aves de paso. Que son dos cosas que están relacionadas, porque en ambas subyace el orden y la eficiencia. ¿Se imaginan una compañía ferroviaria sin horarios? Los horarios son imprescindibles para coordinar el uso de la infraestructura, las vías, estaciones y todo lo que comporta ese sistema. E igual sucede con aeropuertos, fábricas, producción de electricidad, hospitales y muchas otras cosas, que se mueven en esferas de orden y eficiencia particulares para asegurar su propio funcionamiento. Los empleados de cada organización se ocupan de ello con sus rutinas, manuales de procedimiento y cosas así.
Sin embargo cuando mezclamos unas cosas con otras empieza el deterioro. A nivel de horarios y sobre todo de calendario, otro escalón de los horarios, en España nos inclinamos por la intermitencia, Lee el resto de esta entrada »
“La Ley Electoral no facilita, sino que obstaculiza, tanto la labor diaria del Gobierno como la tarea de la oposición. Unos partidos pequeños, pero bien instalados en determinadas zonas de España, condicionan las decisiones de los grandes partidos nacionales. Además, el sistema electoral de listas cerradas ha contribuido a la transformación de los partidos políticos hasta convertirlos en partidos de empleados. Lo importante para quienes militan en un partido es conseguir un buen puesto en las listas cerradas y confeccionadas por quienes imponen la disciplina en la organización. Igual que sucede en las empresas privadas, el empleado fiel tiene su premio. Han sido archivadas las viejas teorías sobre los diputados con ideas propias”.
El párrafo es de un artículo (“De la ilusión política a la desilusión”) de Manuel Jiménez de Parga, que fue presidente del Tribunal Constitucional. Lo reproduzco porque estoy seguro de que plasma acertadamente lo que pensamos muchos españoles sobre la política y los debates vacíos.
Yo suelo esquivar la alusión a la Política porque considero que quienes nos representan no lo hacen, en general, ni legítima ni éticamente. Es por ello que me inclino a escribir de Economía haciendo abstracción del impacto que la Política tiene sobre ella, en la confianza de que algo se conseguirá trabajando sobre la primera para que progresemos, a pesar de la segunda. Pero, evidentemente, esto no es cierto y hay ocasiones en que hay que mojarse, o mejor dicho enfangarse.
Uno de los aspectos de nuestra Economía más manchados por la Política, y de rebote por la corrupción, es el Urbanismo. Jiménez de Parga concreta: “consideración especial tiene que darse a la corrupción en el ámbito de la ordenación del territorio, con calificaciones y recalificaciones urbanísticas para beneficio de quienes dominan los ayuntamientos”.
Yo añadiría que incluso sin llegar a la corrupción dolosa para beneficio individual directo, estoy convencido de que los ayuntamientos han hecho urbanismo con su propia financiación como primer, y a veces exclusivo, objetivo. No se ha trabajado sobre un modelo de ciudad, sino en la constante generación de nuevo suelo con el que financiar la hipertrofia de las estructuras municipales. Lo que es menos mediático que la conrrupción «dura», pero de consecuencias mucho más graves y extendidas.
Hasta que llegó el frenazo, que de súbito ha producido varios problemas inmediatos:
1. Los ayuntamientos, habituados a obtener recursos masivos del urbanismo, se han quedado secos por el parón de actividad y la imposibilidad de seguir calificando suelo. No pueden ni siquiera pagar sus gastos corrientes.
2. Los propios ayuntamientos tienen que dar servicio a una ciudad extensa, que ellos mismos han creado, sin recursos para ello.
3. Y lo más importante, el urbanismo de conveniencia ya materializado, no se puede “desmaterializar”. Está ahí, ejecutado o utilizado a medias y con mala marcha atrás. A diferencia del combustible agotado de las centrales nucleares, el urbanismo no se puede enterrar.
Y ello precisamente ahora, en que los nuevos criterios de sostenibilidad de las ciudades, culturales y normativos, van a obligar a un nuevo urbanismo. Las ciudades no pueden seguir creciendo con la idea de que el “urban sprawl” es la clave del bienestar de las familias. Se impone la “compactación” de la ciudad, algo que a la mayoría de ayuntamientos no les va a gustar nada. Porque saben que sin más suelo y más actividad inmobiliaria a su medida no van a poder pagar su deuda, que encima ahora quieren aumentar en 3.000 millones de euros más.
No tengo yo la solución a lo ya hecho. No creo que nadie la tenga clara. Pero desde luego me preocupan más los problemas de largo plazo de cosas mal hechas que van a pervivir muchos años que el que los ayuntamiento estén sin dinero. Lo importante es impedir que la cosa siga empeorando. Que es por lo que me parece que la propuesta que hace el profesor Jiménez de Parga es de lo más adecuada: que el urbanismo revierta competencialmente al Estado central. Ayuntamientos y comunidades autónomas: hands off!, que ya habéis roto bastante.
Pero… como en la oca, volvemos a la casilla número 1: ¿harán los diputados algo que interesa a la colectividad?
Este viernes empieza en Astana, la capital de Kazakhstan, la 51ª Olimpíada Internacional de Matemática –OIM-. Acudirán estudiantes de más de cien países a intentar llevarse medallas olímpicas resolviendo problemas matemáticos. España lleva participando en esa competición cada año sin interrupción desde 1983. Con los años hemos ido mejorando un poquito. En 1985 quedamos en el puesto 35 de 38 países. En el 2008, en que la sede fue Madrid, gozamos del efecto anfitrión y quedamos en el puesto 43 de 94 países. Nunca hemos obtenido una medalla de oro. Nuestro participante más laureado está en el puesto 1.543 de los 12.903 que han concursado todos estos años. Hugo Fernández Hervás, que obtuvo mención honorífica en 2005 y medalla de plata en 2006, puesto 52 de 498 participantes.
La cuestión es que nuestra participación nacional en esta olimpíada, que voluntariosamente coordina la Real Sociedad Matemática Española no puede recibir otro calificativo más propio que el de mediocre. Equipo de media tabla, nunca nos hemos acercado ni de lejos a los puestos de “UEFA”. Partiendo de la base de que los de “Champion” están copados y son inasequibles: China (1-1-2)*, número 1 en 14 de las últimas 20 olimpíadas y 2 en 4 más; Rusia (3-2-1); Estados Unidos (6-3-5); Corea del Sur (4-4-3) y Japón (2-11-6). Alemania, fuerte. Italia, bien. Francia, Reino Unido, discretos, aunque desde luego siempre por encima de España. Llama la atención la mejora notoria de Perú (24-17-32) o Brasil (17-16-24) en los tres últimos años. La propia Kazakhstan (27-25-28), tierra de cosacos, tiene resultados muchos mejores que los nuestros (55-43-66). Claro que en Kazakhstan hace en invierno un frío que pela, no hay playa y seguro que la gente no se lo pasa tan bien como nosotros en vacaciones. Y además, que yo sepa, no están en octavos del mundial de fútbol.
*Las cifras entre paréntesis son la posición del país en el medallero de los años (2009-2008-2007)
Lo anterior me lleva a pensar en el tema de las vacaciones escolares. Y me consta que si en este blog se ha colado como lector algún estudiante de bachillerato, o como se llame ahora ESO, me va a maldecir. Lo que opino, ya lo saben de otras veces, es que los estudiantes no estudian bastante. No sólo porque estudiar cansa, sino porque el sistema no les aprieta. Y si dudan vuelvan a leer esto desde el principio. Estamos agarrados a lo de los 175 días lectivos por un montón de intereses creados o derechos adquiridos, con la consecuencia de que quienes nos tendrían que sacar de la crisis en próximos años están cantando aquello de “cuando calienta el sol, aquí en la playa…” o cosas semejantes más de moda. Tres meses.
Mientras tanto, los estudiantes brasileños -ojo a Brasil- curran un 14% más, 200 días y los japoneses un… 39% más, 243 días. Y aunque todo no son días en el instituto, sí deberíamos aceptar que exista una relación lógica entre esfuerzo y resultado.
Además, a propósito de los tres meses de vacaciones veraniegas, quienes entienden (la John Hopkins University por ejemplo), demuestran que los largos períodos de vacaciones hacen no sólo que los estudiantes no avancen, sino que los hace retroceder en su conocimiento. La gente se olvida, por falta de ejercicio neuronal durante largos períodos.
Así que parece que la fórmula recomendable son menos vacaciones, más frecuentes y más cortas. Es de pura lógica, más en las circunstancias actuales, que haya que aumentar la cantidad y calidad de educación, más días, y aumentar la presión, o el estímulo, social, mediático, el que se quiera, para que los jóvenes españoles se sacudan la arena y nos ayuden a salir del lío.
Y a propósito de estímulo, los premios que otorga la Real Sociedad Matemática Española, financiados por la Subdirección General de Becas y Promoción Educativa del Ministerio de Educación y Ciencia, a quienes nos van a representar en esta competición son de € 750. O sea, hagan números, los seis representantes que estarán volando seguramente hacia Astana a defender nuestro prestigio se han embolsado € 4.500 entre todos. No me extraña que el déficit del Estado esté como está. ¡Con estos derroches!
Deberíamos hacer más caso a este señor:
«…Lo cual no puede parecer presunción si se advierte que, por no haber en matemáticas más que una verdad en cada cosa, el que la halla sabe acerca de ella todo lo que se puede saber; y que, por ejemplo, un niño que sabe aritmética y hace una suma conforme a las reglas, puede estar seguro de haber descubierto, respecto a la suma que examinaba, todo cuanto el espíritu humano puede hallar; porque el método que enseña a seguir el orden verdadero y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la aritmética». René Descartes, El Discurso del Método, 1637.
El mayor disgusto que me llevé durante la mili fue cuando en una clase de gimnasia me robaron las botas. O mejor dicho, me las cambiaron. Las dejé en el vestuario mientras me hacían saltar el potro y cosas así y cuando regresé a vestirme un desaprensivo me había “mangado” mis lustrosas botas de instrucción Segarra, made in Vall’Uxó y me había dejado en su lugar otras, sucias y hechas polvo. Me gustaban mis botas. Eran de un cuero agradecido al betún, que todos los cueros lo son, pero unos más que otros.
Han pasado unos cuantos años y de los zapatos me sigue gustando la comodidad, que sean estancos y que agradezcan el betún. Todo cosas un poco demodées. En cambio confieso que desde el punto de vista de la moda no presto gran atención.
Pero, habiendo pasado en Alicante media vida, me siento con cierta obligación de mirar al sector del calzado y sus padecimientos. Leo en la prensa que la alemana Puma, que lleva 30 años en Elche, se marcha: 160 desempleados más. Hace unos meses Adidas cerró su filial Reebok. En cambio, paso unas páginas y en el mismo periódico me encuentro con la historia del Vale do Rio dos Sinos, en el estado brasileño de Rio Grande do Sul. São Leopoldo, que es la capital de esa región, es una pequeña ciudad, fundada por emigrantes alemanes en el siglo XIX, comparable a Elche (210.000 habitantes frente a los 230.000 de Elche). Al igual que Elche, São Leopoldo es un clúster del calzado, con más de 2.000 empresas en dos docenas de poblaciones del valle que fabrican más de un billón de pares de zapatos al año (España fabrica 106 millones -2008-). Si yo fuera industrial zapatero, me daría una vuelta por allí a ver qué hacen estos chicos brasileños, que me parece que es algo más que jugar al fútbol, como demuestra la web de su Universidad de Unisinos.
Porque lo del descenso de la industria del calzado en España es algo que habrá que parar con algo más que autobombo. Si mira uno la web de “Fashion from Spain” piensa, por el tono, que todo va bien. La balanza “zapatera” -2009- no está mal, con exportaciones de € 1.696 millones frente a importaciones de € 1.785 millones, cobertura 95%. Pero si se profundiza en la cifras se percibe el declive: el valor de nuestras exportaciones en 2009 ha sido un 21% inferior al de 2002; en 2008 desaparecieron 240 empresas (-11%, en un año) y 2.000 empleos, el precio por par exportado está estancado en el entorno de 17 euros. En Europa, la situación es parecida (-13% de empleo entre 2004 y 2006, últimas cifras de Eurostat pero seguro que la tendencia sigue). Europa consume unos 3 billones de zapatos por año -6 por habitante de media-, de los que el 84% se importa de fuera de la UE. De ese 84% (2.509 millones de pares), el 92,7% viene de China, Vietnam, Indonesia, India, Brasil y Túnez. En España, entre lo que importamos, 326 millones de pares, hay un 73% de China, a ¡€ 2,59 el par! Imposible competir. Así que las importaciones van a seguir y la clave está en aumentar, no disminuir, nuestra exportación a base, sobre todo, de subir el precio por par.
¿Cómo hacerlo? Pues entre las empresas que parece que van a más están gente como Camper, que lo hace a base de innovación (“Concebir la innovación como un saber hacer, como el espíritu de la marca, como una tradición”) y distribución activa a través de tiendas propias en 70 países y 3.800 puntos de venta en el mundo. Y bueno, también se salva mi paisano Manolo Blahnik porque vende zapatos de 800 euros en sus 26 tiendas acreditadas en Japón, por ejemplo. Pero es el total del sector el que necesita innovar si quiere sobrevivir, leer mucho más a la demanda, desarrollar marketing propio, trabajar sus cadenas de producción y distribución. La etapa de Puma y Rebook se acabó, ya no podemos pretender ser los fabricantes de las marcas mundiales, ahora las marcas tienen que ser nuestras. Se trata de innovar de verdad. Me vale la cita de Sala-i-Martin:
“Innovation is the name of the game. However, innovation is sometimes confused with research and development in high-tech sector. Innovation is needed in every sector, it usually occurs in small steps, and is generally not pushed by publicly funded R&D but by participants in the production process, namely employees, and by close supplier-customer discussions. Innovation requires societies that not only have new ideas but implement them, and this requires the right kind of education system encouraging critical thinking and creativity, particularly at university level» (European Union 2nd High level conference on Industrial Competitiveness. «The role of policy and markets in difficult times: What have we learnt, where do we go?». 26 April 2010, Brussels)
Hacen falta más Fluxás y más Blahniks. Porque si no, nos puede pasar como a Chaplin.
* «Walk in Progress» es una denominación comercial de tiendas Camper.






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