Ayer estuve viendo un trocito de un reportaje sobre el sitio de Leningrado –la actual San Petersburgo- durante la II Guerra Mundial. La magnitud de aquella tragedia no ha sido superada ni antes ni después en ningún escenario bélico y confiemos que nunca lo sea. Del millón quinientas mil víctimas la mayoría lo fueron por frío y hambre, porque las tropas alemanas y finlandesas, aunque no consiguieron tomar la ciudad, paralizaron sus servicios y la dejaron sin transporte, energía, agua o alimentos. Los rusos aguantaron con enorme estoicismo y resulta admirable cómo, por ejemplo, mantuvieron sus bibliotecas funcionando. Pero lo que más me emocionó del reportaje fueron unas escenas del día de abril de 1942 que circuló de nuevo un primer tranvía¹. Aquella pobre gente lloraba y aplaudía, no sólo al medio de transporte, lo hacía por el símbolo de que la ciudad había resistido y empezaba a recuperar su normalidad.

Hoy en día, en Europa al menos, contemplamos esas dramáticas imágenes como algo pasado e indeseable, que no tiene razón de volver a producirse. Estamos acostumbrados a pulsar un interruptor y que se encienda la luz, abrir un grifo y disponer de agua que podemos beber sin más, a ducharnos con ella, fría o caliente –ahora fría-. Tenemos autobuses, metro, Internet, teléfonos móviles, supermercados y almacenes con todo lo imaginable a nuestra disposición.

Los retos son otros, no de destrucción sino de crecimiento. El mundo se urbaniza a pasos agigantados. Leo a Sam Palmisano, CEO de IBM: hace cien años había en el mundo dieciséis ciudades de más de un millón de habitantes, hoy unas 450. A principios de 1900 vivía en ciudades el 13% de la población mundial, en 2007 se cruzó la barrera del 50%. Se estima que en 2050 el 70% de la raza humana será urbanita.

Personas y empresas, como usuarios de la ciudad, para habitar y para producir, requerimos un conjunto de sistemas de apoyo:

1. Servicios urbanos (administración, seguridad, educación, limpieza, sanidad)
2. Transporte (infraestructuras, aeropuertos y puertos, transporte público)
3. Comunicaciones (teléfono, televisión, Internet-banda ancha)
4. Agua (para uso doméstico, industrial, de servicios, saneamiento)
5. Energía (suficiente y fiable)

Los gestores de muchas ciudades, que por cierto sería deseable que fuesen profesionales y no políticos, necesitan hacer compatibles limitaciones presupuestarias con el crecimiento de población y la demanda de más y mejores servicios, junto a una mayor exigencia de sostenibilidad medioambiental. Para ello resulta básico que tomen conciencia, se tecnifiquen, interroguen –tecnológicamente- a los usuarios y planteen estrategias sobre el largo y corto plazo de la ciudad, priorizando aquellos sistemas que tengan el máximo impacto e invirtiendo en ellos.

Las tecnologías de la información y las comunicaciones han puesto ya a nuestra disposición un montón de herramientas. IBM, que es de dónde estoy sacando todo esto que aquí les cuento, señala que en el mundo hay ya más de un billón de objetos conectados e inteligentes, automóviles, electrodomésticos, cámaras, carreteras, oleoductos, definiendo lo que se llama una “Internet de objetos” y 33.000 millones de etiquetas RFID -Radio Frequency IDentification- Espero que mi lavadora use mi WiFi para conectarse con el servicio técnico cuando se le caliente un rodamiento, no que mi mujer me diga que la máquina está haciendo algo raro, que me obligue a arrodillarme en el suelo a averiguar el qué, sin éxito, y acabar intentando hablar con un servicio técnico cuyo teléfono comunica de continuo. Pues en las ciudades, deberá ser lo mismo: según el Banco Mundial, el 53% del agua que se distribuye en el mundo se desperdicia, por pérdidas de la red (35%) o porque se roba o mide mal (18%): no debería hacer falta arrodillarse para averiguar dónde está el problema.

En el caso del transporte, las “smart cards” que usamos, no son únicamente un medio de pago, son también una forma de conocer frecuencias de uso, aglomeraciones, trayectos y un sin número de factores que condicionan la movilidad de las personas de forma unilateral, sin que el usuario pueda influir. Aquí al lado de mi casa tiene parada un magnífico tranvía, con aire acondicionado y que contamina muy poquito, pero con el inconveniente de que su frecuencia es de dos pasos a la hora. Ya me gustaría a mí que alguna maquinita me enviara un SMS cuando le faltan 10 minutos para llegar a mi parada. Aplaudiría.

La mayor parte del contenido de este post está basado en información del Institute for Business Value de IBM y el concepto de “Smarter Planet” que promueve el uso de la tecnología para mejorar nuestra calidad de vida y la sostenibilidad.

(¹) Para los curiosos de la historia del transporte: el tranvía que reinició su circulación en Leningrado el 15 de abril de 1942 era un LM-33 fabricado por la Leningradsky Vagonoremontny Plant. Su diseño original, modificado para acomodarlo a los requerimientos rusos era de Peter Witt, de Cleveland, motivo por el que fue conocido originalmente como “el Americano” (Motorny Amerikanskogo tipa). Ese modelo funcionó hasta 1979. Leningrado tuvo en su día la red tranviaria más extensa del mundo.

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