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Este grupo de personas que ven en la foto seguro que manejaban todas juntas menos información que la que usted o yo hacemos circular por nuestro ordenador en un rato.

La foto es de 1920. Mi padre fue telegrafista y se convirtió en un experto, de hecho un campeón, en el uso del “manipulador Baudot”, un teletipo de cinco teclas predecesor del télex, y como tal representó a España en el campeonato de la Unión Telegráfica Internacional de Como (Italia), en 1927. Es el único campeonato que tenemos en la familia, dominó aparte, así que me perdonarán que aproveche para airearlo.

Oficina de Correos y Telégrafos

Pero la verdadera cuestión que quiero traer a colación es la de las comunicaciones. El telégrafo óptico que Chappe inventa en 1792 sienta las bases organizativas de la telegrafía moderna, con códigos, redes, velocidad de transmisión y un cuerpo profesional dedicado a ello, la telegrafía eléctrica morse empieza hacia 1844 y la telegrafía sin hilos de Marconi inicia su desarrollo en 1895.
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Hace algunos años participé en unas charlas de NASLIE, la National Association for Senior Living Industry Executives de Estados Unidos. La asociación se dedica a estudiar la conducta del consumidor mayor, en cosas como las finanzas, la vivienda, el automóvil, la salud o la alimentación, todo ello analizado como negocio. De qué tan grande es ese negocio en USA da idea la difusión de la revista de la AARP, la American Association of Retired Persons, que con más de 22 millones de ejemplares, es la de más circulación del mundo.
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Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas…

¿Cómo traducir a García Lorca al danés? Va a ser difícil que lo entiendan, al menos la poesía. También es probable que a nosotros no nos resulte fácil entender cómo funcionan los daneses cuando se les mete algo en la cabeza. Lo digo porque de alguna manera vamos a tener que entendernos con la Sra. Margrete Auken, que tengo claro que una mayoría de españoles no saben quién es, como yo no lo sabía hasta que me he puesto las gafas de bucear por Internet.
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Algunos de estos días, cuando me suena la radio despertador, la verdad es que me siento como Groucho Marx cuando afirmaba que “nada más despertarse leía las esquelas del periódico y si él no estaba en ellas, entonces se levantaba”. Las noticias de la bolsa americana, y luego de las europeas, o viceversa, y la idea general de “esto se hunde”, animan a quedarse en la cama abrigadito leyendo las aventuras de Guillermo (el de Crompton) y dejar pasar un tiempo no metiéndose en nada, que luego ya veremos.

Pero al final siempre decido desoír al maestro y levantarme pese a todo, pensando que al fin y al cabo todavía no está mi esquela en el periódico y algún pensamiento constructivo se hace necesario.

Uno de los debates que me parece interesante estimular es el de la vivienda mínima que la Sra. Beatriz Corredor vuelve a suscitar. Ya su predecesora la Sra. Trujillo propuso su “solución habitacional” y fue objeto de escarnio general, pero  por mucho que se pretenda castigar esa forma de abordar el problema, es un hecho que mucha gente que desea una vivienda en España sigue sin tenerla, por la razón esencial de que no se la puede permitir. Todo debate que busque soluciones es positivo.

A través de un escrito de la profesora Concepción Díez Pastor he recuperado el siguiente texto:

«El que obtiene los beneficios y ventajas de la Ley de Casas Baratas puede tener una vivienda capaz, cómoda y económica. Pero esta baratura lo es para el adjudicatario, no para el Estado; ni para el conjunto social que soporta la totalidad del gasto; ni, en suma, para el contribuyente español. Las casas construidas con estricta y mínima sujeción a las exigencias de la ley resultan, en la mayoría de los casos, caras. Si se elevaran sin la subvención del Estado, ni auxilios de ninguna clase, resultarían de un precio de costo inabordable para las clases modestas de la sociedad.

Respecto a las prescripciones de la Ley de Casas Baratas en lo que se refiere a la técnica constructiva y especialmente a la capacidad que exigen, mi impresión es que casi siempre resultan exageradas y difíciles de conciliar con una severa economía. Creo que sería muy conveniente rebajar…”

Las líneas anteriores, que me parecen de suma actualidad y cuya mención a la “Ley de Casas Baratas” denuncia en cambio su antigüedad, fueron escritas por el arquitecto Amós Salvador, ¡en 1929!

El debate de la vivienda mínima podría parecer cerrado, porque al fin y al cabo ya no vivimos en la posguerra de principios del siglo XX sino en el “próspero” siglo XXI. España, con una de las densidades de población (89 habitantes/Km2) más bajas de Europa, está sufriendo, sin embargo, las consecuencias de una espiral de crecimiento de precios vivienda/suelo de las que no parece posible salir a corto plazo porque la estabilidad del sistema productivo inmobiliario y de las garantías del sistema financiero no lo va a permitir. Sólo el tiempo permitirá erosionar poco a poco esta situación indeseable, pero mientras esa situación cambia se precisan alternativas.
Y entre las alternativas, preferible en todo caso al aumento de las subvenciones tipo renta de emancipación, está una revisión general del concepto y los fines de la vivienda de protección pública para crear modelos más asequibles. La vivienda mínima es sin duda una de las alternativas que no se debe desechar. Tal como señala Díez Pastor, no buscando el ideal del “mínimo confort deseable” pero sí el del “máximo confort alcanzable”, que desde luego es preferible a las carencias que hoy sufren muchas personas.

Y se puede comprobar, por si quedan dudas, que con buena voluntad hay siempre solución. Los hermanos Marx en su camarote ocupan no más de 8 metros cuadrados en los que con cama y baúl incluidos conviven con buen ánimo. Se van incorporando sucesivamente las dos camareras que vienen a hacer el cuarto, el fontanero, la manicura, el ayudante del fontanero, la chica que viene a buscar a su tía Micaela, la limpiadora y los cuatro camareros que vienen a servir la cena y Harpo consigue seguir durmiendo. Total 15 personas en ocho metros cuadrados aproximadamente, con lo que los 15 metros cuadrados por persona que propone la ministra parecen hasta generosos

Por cierto, “las uñas déjemelas cortas porque aquí ya va faltando sitio…”

Érase una vez un país muy próspero y muy bonito, con muchísimos cerezos,  bellísimos cuando florecían. Y por todo ello sus gentes vivían muy felices y comían muchas cerezas, que a todos les gustaban mucho. Tantas comían que la producción de cerezas no hacía más que crecer y crecer, y la gente era muy feliz porque además muchos trabajaban en su cultivo. Y esta felicidad general duró muchos años, aunque un día empezó a verse que tenía una pequeña mácula: los precios de las cerezas, dada su popularidad, no hacían más que subir y subir, y alguna gente incluso tenía que pedir dinero al prestamista para poder comprarlas.

Pese a ese pequeño problema, llegó un momento en que el gusto de la gente por las cerezas, y el gusto del agricultor por complacer a la gente y por ganar dinero, y el gusto del terrateniente por disponer más tierras para el cultivo de cerezos y por ganar dinero, y el gusto del prestamista por complacer a unos y otros y de paso ganar él también dinero, además de comer cerezas, hizo que se cultivaran tantas cerezas que empezaron a sobrar, porque la gente ya no quería comérselas todas. O porque unas eran buenas y otras no, o porque eran caras, o por no se sabe qué razones. Y el precio empezó a bajar y entonces, como el país estaba casi totalmente cubierto de cerezos, entró grande preocupación a todas las gentes. Bueno, a todas no, porque algunas, que últimamente ya no podían en absoluto comer cerezas por lo caras que se habían puesto, pensaron que a lo mejor, como consecuencia de esta nueva situación, podrían volver a comerlas.

Como no tenían muy claro qué hacer, porque al fin y al cabo a la gente siempre le habían gustado las cerezas y había pagado más y más por ellas, un día se reunieron el terrateniente, el agricultor y el prestamista, y acordaron pedirle a tres personas simples y honestas, un artesano, un herrero y un pastor, que no vivían directamente del cultivo de las cerezas, que les ayudaran a encontrar la solución del problema.

Así pues, invitaron al artesano, al herrero y al pastor a una agradable comida campestre en una soleada tarde veraniega, y a los postres les trajeron dos fuentes de cerezas: una con cerezas corrientes más o menos pequeñas, más o menos rojizas; otra con unas hermosas picotas, rojo intenso, dulces y crujientes. Podían comer todas las que quisieran.

Los tres comieron sólo de las picotas, que eran más dulces y mejores que las otras cerezas. Hasta que se hartaron. O sea que estaba claro: ¡a la gente le seguían gustando las cerezas, y mucho!, pero obviamente preferían las buenas. Pero como se las habían ofrecido gratis, la prueba no dejaba la cosa totalmente clara.

Así que los volvieron a reunir, volvieron a comer y les volvieron a ofrecer de postre dos fuentes de cerezas, de nuevo unas regulares y otras excelentes. Pero esta vez tendrían que pagar por ellas, a los precios del mercado de entonces. Ahí empezaron las objeciones: artesano, herrero y pastor seguían queriendo únicamente cerezas de las buenas, pero a mejor precio que el que les pedían, ¡y si no, no comían!

Desesperados, el terrateniente, el agricultor y el prestamista hicieron múltiples pruebas, siempre procurando conseguir sus precios, pero nada resultaba, ¡que no comían! Así que artesano, herrero y pastor se marcharon sin postre, porque de momento podían vivir sin cerezas y unas y otras les parecían caras. Y los productores se quedaron discutiendo sobre cuál era la solución. Y mientras discutían vino un oso muy grande muy grande, que había estado venteando el olor de las cerezas que tanto tiempo llevaban en la mesa, y se las comió todas, gratis, y de paso luego se comió al terrateniente, al agricultor y al prestamista.

Y total, que luego llegó un viejo cazador llamado Pedro y le abrió la barriga al oso y salvó al prestamista, etc., pero eso ya es otro cuento y además mi nieta dice que esa parte ya no se la traga…

Moraleja: 1. Cuando hay muchas cerezas, si quieres que se coman las cerezas regulares, no puedes poner delante también las buenas, porque sólo querrán éstas. 2. En el futuro, si cultivas cerezas, cultiva sólo de las buenas. 3. La única solución para vender tus cerezas es adaptarte a lo que quieren pagar los que las comen. 4. Mientras discutes sobre lo que hay que hacer para vender las cerezas, cuídate de que no venga el oso y se las coma todas (vale, a lo mejor sólo se come las buenas…) y de paso te coma a ti.  Y 5. Lo del cazador que le abre la barriga al oso no se lo cree ni mi nieta.

Dicen los entendidos que lo importante no son las leyes sino sus reglamentos, es decir no lo que quieren regular sino cómo es su aplicación.
Viene esto al hilo de la reciente noticia de que el Gobierno ha decidido apoyar al sector inmobiliario destinando una línea de 3.000 millones de euros que el Instituto de Crédito Oficial pondrá a disposición de bancos y cajas para que puedan distribuirla a aquellos clientes promotores que quieran reconvertir sus créditos a la promoción en créditos a largo plazo. Con la condición de que las viviendas que dichos créditos financian se destinen al alquiler.
Esta mañana he escuchado a la Ministra de la Vivienda, Beatriz Corredor, comentar este tema en televisión. Ha apuntando algo importante: el que se facilite que haya más vivienda en alquiler no es sólo importante para el sector inmobiliario, sino para toda la economía, por facilitar la movilidad geográfica, que tiene estrecha relación, nunca bien estudiada en mi opinión, con la búsqueda de empleo.
Ha citado la Sra. Corredor la cifra del 11% como porcentaje de viviendas en alquiler sobre el total. No sé si se refiere a la cifra actual o sigue utilizando el dato del censo del 2.001. Pero sea para 2.001 o para 2.008, deben constatarse dos debilidades de nuestra estructura habitacional: el porcentaje de viviendas en alquiler ha descendido del 15% en 1.991 al 11% de hoy, y la media europea del 32% (2.001), refleja que en algo falla nuestro mecanismo productivo y financiero para estas viviendas. 
Es por todo lo anterior que el uso de esos 3.000 millones, cifra ya de por sí exigua (equivalente a 15.000 viviendas de 200.000 euros, para traducirla a otra referencia entendible), debería ser administrada con criterios selectivos relacionados con la demanda y no con la oferta. Es decir, que debería gestionarse favoreciendo a aquellos segmentos de la demanda donde existe más necesidad y no planteándola como una operación rescate de empresas en dificultad. Y aquí debería atenderse a la progresiva contracción del tamaño de los hogares españoles, que ha pasado de algo menos de 4 personas por hogar en 1.991 a algo más de 3 en 2.001, y que es previsible se encamine a los niveles europeos de poco más de 2 en pocos años.
A partir de este punto es donde pueden surgir las dificultades si intentamos reciclar para el alquiler vivienda originalmente destinada a la venta. Según el Ministerio de Fomento, el tamaño medio de la vivienda nueva en bloque creció un 3% en 2.007, hasta los 99 m2, a su vez mayor que el tamaño que cita el INE para la vivienda en propiedad en 2.001 de 95 m2. La explicación: las viviendas más grandes generan un beneficio superior para el promotor, porque se venden a precio semejante pero tienen un coste inferior, dada su menor densidad de instalaciones.
El INE vuelve a darnos la razón cuando informa de que la vivienda en alquiler tenía, en 2.001, 79 m2 de media, un 20% aproximadamente más pequeña que la vivienda en propiedad, lo que da pistas de que la demanda ya iba entonces en esa dirección. El sector promotor de los últimos años no ha sabido, o querido, ver esas señales y ha ido distanciando su producto de lo que el mercado de alquiler pedía.
Debemos hablar, en suma, de un ejercicio de política económica, con recursos públicos, y no de un ejercicio financiero de ayuda al sector privado. Lo que toca es emplear los recursos escasos para producir el mayor beneficio social, y eso debería obligar a que en el uso de esos fondos primase la puesta en alquiler del mayor número posible de viviendas del menor tamaño, y consiguientemente del menor nivel de renta, que es donde se encuentra la necesidad creciente. Con ello beneficiaríamos de rebote sobre todo a los jóvenes, que deben estar dispuestos a vivir en pisos pequeños, consiguiendo así su emancipación y ensanchando sus horizontes de trabajo, y de paso dejando tranquilos a sus padres, que consiguen que al fin los chicos se vayan de casa

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