El mes pasado tuve la fortuna de escuchar al profesor Juan Pérez Mercader, que se dedica a una ciencia hasta ese momento desconocida para mí como es la Astrobiología. Además de un científico del que debemos estar orgullosos, colaborador del Centro de Astrobiología de la NASA y especialista en la búsqueda de vida, o lo que de ella quede en Marte, el Sr. Pérez Mercader es un comunicador cercano y ameno. Como tal fue soltando en su charla algunas notas marginales interesantes. Una se me quedó especialmente grabada: nuestros hijos o nietos que hoy tienen menos de 5 años probablemente vivirán ¡más de 110 años de media!

Que mis hijos y mis nietos vivan muchos años y que lo hagan bien y sean buenas personas me interesa, naturalmente, desde el punto de vista humano y sentimental. Pero que mi esposa y yo mismo vivamos igualmente muchos años además de interesarme me preocupa, ¡porque no sé si me lo voy a poder permitir!

La vejez y las pensiones no son temas muy sexy, porque la mayoría preferimos esconder la cabeza ante un futuro que sospechamos de declive. La realidad es que lo de la longevidad, supongo, puede tener cosas muy satisfactorias si se llega a la edad anciana en un razonable estado de salud. Aunque cualquiera que se moleste en dar un paseo por una residencia de tercera edad podrá comprobar que la suerte en ese sentido se reparte de forma bastante desigual. Y por ello la importancia de la previsión económica para esos años, sobre lo que parece que los españoles nos inclinamos por un optimismo un poco miope.

En España, como en una mayoría de países europeos, el pago de las pensiones estatales se basa en lo que se llama sistema de reparto. O sea que mis cotizaciones de hoy están sirviendo para pagar las pensiones de gente que se jubiló hace veinte años. Y, a la recíproca, mi pensión futura cuando me jubile la pagarán los que entonces estén cotizando. Una de las cuestiones que interesan más a las personas que vamos entrando en la edad de percibir una pensión estatal y sin duda a las siguientes generaciones, cada una a su tiempo, es si el estado va a ser capaz de aguantar el peso financiero de las pensiones sobre los presupuestos y vamos a poder seguir cobrando lo suficiente para una subsistencia decente.

Todas las pistas parecen indicar que esto no va a ser así. Dos factores juegan singularmente en contra de la capacidad del estado para mantener el tipo:

1. De una parte, la creciente longevidad. Tal vez se entiende mejor lo de que vivimos más y que esto está sucediendo muy deprisa si atendemos a una nota del Instituto Vasco de Estadística de noviembre pasado: en los últimos diez años la esperanza de vida de los vascos ha aumentado tres meses por año. O sea que la predicción de Pérez Mercader “cuadra” incluso hoy. En 100 años, ganaremos 25 años de vida. Si las vascas viven hoy de media 84 años, en el 2109 lo harían 109 años. Vaya panorama el de la Playa de la Concha para ese entonces…

2. De otra, el envejecimiento de la población española, que está siendo el más alto de Europa Occidental junto a Italia. El INE estima que para el 2060 tendremos 59 personas mayores de 65 años por cada 100 de entre 15 y 64. Si no crece la natalidad, la carga presupuestaria para la Seguridad Social será insostenible.

Parece claro que el sistema estatal se tiene que complementar con otro ahorro a largo plazo, o sea los planes de pensiones privados o de empresa, en los que en España estamos muy atrás. Hacen falta medidas, del Gobierno, con fiscalidad atractiva y de cada uno en su casa con su hucha particular. Da idea de nuestro retraso el que la media de la cuantía de los fondos de pensiones privados suponga en la OCDE el 73,1% de su PIB conjunto, mientras que en España es el 7,2% de nuestro propio PIB. El Fondo de Reserva de la Seguridad Social supone otro 5,2%. O sea que la “hucha” colectiva es un 12,4%.

La pregunta que tenemos que hacernos no es si el sistema de pensiones será o no solvente en el futuro, sino cuándo dejará de serlo.

De ahí que me preocupe lo de vivir 100 años, por si me pilla esa insolvencia, que me voy a sentir más timado que el Lonnegan…


(homenaje a dos de los abuelos que sí que han mantenido su cosa sexy, ¿verdad chicas?)

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