01_Samuel ArandaDicen que me agarré al pecho de mi madre por un tiempo excepcional. No me queda memoria, al menos consciente. Pero aquello, a juzgar por mi insistencia, se debía parecer bastante a la felicidad. La fisiológica quiero decir. La del contacto físico, de tocar a las personas que quieres. No sé si será cosa eléctrica o de las endorfinas ésas (lo acabo de mirar: péptidos opioides endógenos, lo que no me aclara mucho). No voy a extenderme con lo del pecho, que es tema para otro rato no navideño. Pero sí puedo decir que me ha seguido lo del escalofrío, al tocar la mano de un hermano y sentir los genes de mi padre. O abrazar a la gente que quiero y que me recorra un sentimiento de “aquí hay algo mío”.

Este año he tenido un nuevo nieto, Marcos. Que sigue a Alba, Sofía, Alejandro y Eva. Cinco nietos en cinco años. Y todos tienen salud. ¿Cómo podría no ser feliz? Si no temiese emborronar este papel o que me regañen, casi me atrevería a decir que ya me puedo morir tranquilo. Marcos me muestra su versión de la felicidad. Escucha la voz de su madre, y sólo la voz le hace reír. Y luego la de su padre, la de sus hermanas, de su abuela, de su abuelo… Y así sucesivamente. Con todas ríe. Todos derretidos en plan deshielo ártico. ¡Qué bonito escuchar la voz de gente a la que quieres! Tengo que llamar más a mis hermanas, por cierto.

¡Ah… la Felicidad!

Una mañana me encontré un coche tipo Bugatti monoplaza encima de la mesa del comedor. Del tamaño de la mesa. No más, no menos. ¡Qué maravilla! Tracción humana aunque no llegaba a los pedales. Mi hermano empujando todo el rato, vamos. Siguieron triciclos, patines, de ésos que se sujetaban a los zapatos con garfios y una correa y se soltaban a cada rato. Alguna pelota. Un tren eléctrico Fleishmann, que todavía tengo, sin vías, ¿en qué estaban pensando los Reyes Magos que son los papás? Dinky y Corgi Toys, que eran muy socorridos y que en mala hora los fui perdiendo o regalando, un mecano, bloques de construcción, maquetas de Revell, que nunca he sabido pintar bien. Las de Tamiya son muchísimo mejores, pero vinieron después… Un CinExin, un ViewMaster, excelentes reyes-padres. Y no quiero aburrir, pero de todos esos recuerdos me ha quedado la afición por los juguetes, maquetas y asimilados, que me alegran la vida simplemente por tenerlos cerca. Que a propósito…, mi preferencia son los trenes y coches clásicos. Lo digo por si alguien tiene en mente regalarme algún jersey o así estos días…

Me metí a estudiar y a trabajar y fui haciendo amigos y amigas. A los que me complace ver y escuchar y, de entre ellos, un puñado con los que me ocurre especialmente. Que no digo quiénes porque ya lo saben. Y vino entonces la era digital y empecé a recibir por estas fechas cientos de mensajes deseándome felicidad, en los que es posible que haya alguna endorfina de ésas ahí escondida, en el genoma electrónico de la nube, que nos envía rayos de calibres varios entre WhatsApp, Facebook y semejantes. Gracias chicos. A la recíproca. Todo suma en este tiempo turbado.

Y finalmente ha llegado el pasear cada mañana por la playa con mi mujer, y tomarme una tostada de pan recién hecho con aceite de oliva virgen, que es de las muchas cosas buenas que tenemos en España, o beber un vaso de tinto de Rioja o Ribera, otra, tanto monta, o de Vinho Verde, que estoy en Oporto y no quiero que se me quejen los portugueses. O leer como estoy haciendo estos días a García Márquez, o escuchar un Nutcracker navideño aquí en el portátil este.

¡Ah… la Felicidad!

Y mientras tanto, nuestro mundo está convulso y cunde la depresión, y no para la gente de protestar porque nos ha encogido el bolsillo. Y siempre pagan, pagamos, los mismos. Y estamos rodeados de mangantes, que es de las cosas malas que tenemos en España. Y ocurren tragedias como la de la escuela de Newtown, que hielan el corazón. Y no puede uno sino pensar que mientras tantos disfrutamos de las cosas materiales que nos rodean y, sobre todo, del cariño de los nuestros, siga existiendo en el mundo tanto sufrimiento que uno se siente impotente para remediar.

Debemos intentarlo. Reforcemos nuestro ánimo y repartamos afecto y caridad.

Y bueno, eso… que ¡Feliz Navidad!

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