Zarparon de las Islas Afortunadas tocando como último puerto, cual Colón, el de la Santa Cruz de La Palma. Les favoreció un viento persistente y mar tranquila, que sin necesidad de mucha pericia ni esfuerzo les llevó con ligereza hasta La Isla del Tesoro, donde pudieron disfrutar de sus riquezas y tuvieron gran regocijo. Tanto se alegraron que las noticias llegaron a los que se habían quedado atrás, que también se unieron a ellos, gozando todos de años de abundancia y prosperidad. Y creció de tal modo el optimismo, que la mayoría se animó a tomar de nuevo los barcos en busca de caudales aún mayores. Pero esta vez un viento cambiante les llevó sin darse cuenta hacia Las Islas de la Imprudencia, donde levantaron grandes edificaciones, pero fueron agotando sus pertrechos y se tuvieron que arriesgar cada vez más para prosperar. Hasta que al final les llegó un frío invierno en que la caza se agotó y por ello se decidieron a embarcar de nuevo. Fue un infortunio que les sorprendiera una tormenta, grande y súbita, y algunos naufragaran o chocaran contra las rocas, ahogándose. Otros consiguieron llegar con sus barcos averiados hasta la Isla de la Desolación, donde lo están pasando bastante mal, porque aunque no llevan mucho tiempo, es una tierra sin recursos y no les llega casi ni para comer. Y además han tenido que quemar la madera de sus propias naves para calentarse. Así que ahora andan allí todos vagando, entre el frío y las brumas, desorientados sobre qué hacer. Ninguno se quiere quedar, aunque no se ponen de acuerdo en si intentar regresar a la Isla del Día de Antes, de próspera apariencia pero travesía larga y mar incierto, o cruzar a una isla cercana pero casi desconocida, La Ínsula Barataria, donde tendrían que vivir modestamente. Aquellos que apoyan esto último confían en que a base de trabajo y después de un tiempo podrán equipar mejor algún barco y así regresar a las Islas Afortunadas. Y allí vivir en paz, dedicados al cultivo de los plátanos y a mirar al mar con añoranza de aventuras y tesoros, mientras piensan que la próxima vez, si se embarcan, se van a estudiar muy bien las cartas de navegación.

– Dedicado a mis paisanos palmeros, a los que pido caridad para los náufragos, que les regalen un sombrero de paja y unas alpargatas y que no les permitan jugar con ladrillos. Y dedicado a mis amigos promotores inmobiliarios con el deseo de que las nubes no les impidan ver brillar las estrellas y sepan hacia dónde tomar su rumbo.

– Lecturas recomendadas, todas ellas: La Isla del Tesoro, Robert Louis Stevenson; Las Islas de la Imprudencia, Robert Graves; La Isla de la Desolación, Patrick O’Brian; La Isla del Día de Antes, Umberto Eco; La Ínsula Barataria, Don Quijote de la Mancha II Parte, Miguel de Cervantes.

Anuncios