Entreabrió los ojos y, al instante, percibió el resplandor que se filtraba por la rendija del cuarterón, mal ajustado, de la ventana. Contra la luz se dibujaba la lámpara de sube y baja, de amplias alas –el Ángel de la Guarda- la butaca tapizada de plástico rameado y las escalerillas metálicas de la librería de sus hermanos mayores. La luz, al resbalar sobre los lomos de los libros, arrancaba vivos destellos rojos, azules, verdes y amarillos. Era un hermoso muestrario y en vacaciones, cuando se despertaba a la misma hora de sus hermanos, Pablo le decía: “Mira, Quico, el Arco Iris”. Y él respondía, encandilado: “Sí, el Arco Iris; es bonito, ¿verdad?”


Espera, Vito –dijo el niño-. Déjame coger eso.
-¿Cuál?
-Eso.
Alargó la pequeña mano hasta la estantería de los libros y cogió un tubo estrujado de pasta dentífrica y accionó torpemente el tapón de rosca y dijo, mostrando los dos paletos en un atisbo de sonrisa:
-Es un camión.

Miguel Delibes, El Príncipe Destronado

La familia, el amor fraterno, la imaginación… descubre el maestro la mente infantil, el mundo desde su óptica. Tal vez sea esta época del año la mejor para reflexionar sobre ello, ¿qué piensan los niños?

Tengo la fortuna de tener cuatro nietos, Alba, Sofía, Alejandro y Eva. Voy, van, a por el quinto. Y en alguno más todavía confío. Como abuelo me doy cuenta de cosas de las que el fragor de la batalla, hace treinta o cuarenta años, me distrajo con mis hijos. De mis cuatro nietos la mayor, Alba, empieza titubeante a leer y escribir. Yo la acompaño, cuando puedo y se deja. Es fascinante sentir cómo sucesivos enlaces van poniéndose en marcha, los retardos frente a una letra nueva (la “M” es como la “N” con un palito más, ¿verdad?…), un dígito, y luego el “runrún” de un motorcito que agarra velocidad. Una caja mágica de relojería de diminutos engranajes neuronales. Me gusta pensar que, a ratos, me prefiere a la Barbie.

Vivimos tiempos turbados en lo económico. También renqueamos en valores. Tenemos por delante un gran tarea de reconstrucción moral. El mundo sigue sufriendo de injusticia y penuria y los niños son las víctimas que menos se lo merecen.

Tal vez sea el momento de dar un manotazo a todo lo superfluo, política y prima de riesgo, cigalas y videojuegos, y concentrarnos en la mente de los niños, nuestros hijos, nuestros nietos, todos los niños a nuestro alcance y fuera de él, y hacernos el propósito de convertirles en buena gente feliz. Y si pensamos en los niños que no vemos, ello empieza, a menudo, por la mera supervivencia.

El amor maternal es probablemente el valor más sólido de la naturaleza humana. El paterno le quiere andar cerca. Apliquémonos a ello de forma extensiva.

Una de mis hermanas, amor fraterno, me enseñó, cuando era yo como Quico, a rezar esto al acostarme:

“Levanta José, enciende candelas,
mira a ver quién anda por la carretera.
Los ángeles son, los ángeles eran.
Encuentran a un niño envuelto en un paño.
¿De quién es el niño? De Santa María.
¿Y qué hace María? Hablar con San Juan.
¿Y qué hace San Juan? Hablar con San Pedro.
¿Y qué hace San Pedro? Abrir y cerrar las puertas del cielo
a los niños buenos. Y las del infierno nunca jamás las veremos.”

Entonces lo entendía poco. Con los años he ido entendiendo. Dediquemos la Navidad a hacer niños buenos. A hacer gente buena. ¡Como Pepito Grillo!

¡Feliz Navidad!

Navidad 2008: Ich bin Afrikanisch

Navidad 2009: If I were a rich man

Navidad 2010: Nació el Niño

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