Nació el niño. Nació prematuro, chiquitín. Creyeron imposible que sobreviviese. Pero el vínculo madre-hijo tiene raíces fuertes, que se hunden en la oscuridad de la prehistoria, cuando sólo había estrellas. Millones de años de evolución animal y un código genético refinado para preservar la especie. Y un médico allá en Colombia observó a la Naturaleza y entendió que todo el calor no es igual. Hay calor de estufa y calor de madre. Y ciñeron al peque a su madre, noche y día: madre-canguro. Y el chiquitín vivió. Está bien. Algunos bebés tienen suerte.

Murió la mujer. Tenía 46 años y era ucraniana. Dormía en la calle, fuera de la estación de Milán, bajo las estrellas heladas. Pasé por ahí la noche antes y me fui arrebujado a mi hotel lo aprisa que pude. La ucraniana sin techo y sin nombre ya no era chica, ni niña, ni bebé. Algún día en los sesenta, una mamá la trajo al mundo y seguramente quiso para ella lo mejor y la protegió mientras pudo con su calor. Luego se torcieron las cosas, nadie sabe cuándo ni cómo porque la historia no registra a estas personas. Que mueren sin calor. Que no tienen suerte.

La Navidad es bonita, incluso si le quitamos el olor a perfume, a buena comida y bebida, a juguetes nuevos. Sirve para acordarnos de todas las personas a las que queremos mucho o algo, para expresar buenos deseos, ya sea con calor humano o electrónico. Un buen momento para agradecer a las mamás que estemos aquí, porque sin ellas y su instinto, su voluntad, no hay “Nativitá” exitosa.

Y también un buen momento para pensar que tan bonita como La Nativitá, o más bonita que La Nativitá, es “La Pietá”. Y es por eso que los afortunados que estamos, yo escribiendo y vosotros leyendo esto, deberíamos celebrar las dos cosas. Busquemos en los demás el niño chiquitín que llevan dentro y ayudémosle con nuestro calor. Y compartamos nuestra buena suerte con los que no la tienen.

¡Feliz Navidad!

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