Sin screening...

A principios los años 70 se liberalizó la apertura de oficinas del sistema bancario, que hasta entonces el Banco de España había restringido, atándola estrechamente a la solvencia de cada entidad. Así que en esa década se pasó de algo más de 4.000 oficinas de bancos y cajas a 13.000 en 1.980. O sea que se abrieron más de 8.000 en diez años, unas dos al día. Dos son las que a mí me tocó inaugurar.

Aterricé en Xátiva en 1973, con 26 años, casado, con dos hijos y mi Seat 850. La verdad es que de Economía, el Sistema Bancario o cualquier cosa que se acercase a una visión un poco amplia del país tenía poca idea. Lo único que había medio aprendido en los cuatro años que llevaba en el Banco de Bilbao era a intentar distinguir entre a quién prestarle dinero y a quién no. Razonar el por qué conceder un crédito o renovarlo tiene una cierta dosis de inventiva y mucho de saber administrar la confianza, mezcla de lógica e intuición. Ocho años, antes, en y después de Xátiva, estuve enredado en préstamos para fabricantes de alfombras, turroneros, exportadores de almendra, tomate o sardinas, marmolistas, almacenes de madera o hierro, concesionarios de coches, tenerías, fábricas de vidrio, yeseros, cesteros, fabricantes de mantas, toallas o camisetas, zapatos, ataúdes –y coches fúnebres- (no es broma, Xátiva tiene la mayor industria de esto fuera de Galicia), de bolsas de plástico, estufas, colchones, papel o cartón, juguetes, muebles, bicicletas, tablas de plancha, cremalleras o bodegas. Disculpen por aburrirles con la lista. Pero es que me sirve para reclamar que todas aquellas conversaciones en fábricas y almacenes fueron un curso gratuito sobre las finanzas de las pymes -de entonces y seguramente de ahora-, una especie de “reality master” insustituible por lo que se pueda aprender en un aula.

Lo cual me trae de vuelta al 2010 y si la banca da o no da crédito a las pymes. Empecemos por desmenuzar qué incluye esa masa de dinero que los españoles debemos a bancos y cajas:

1. Créditos hipotecarios para compra de vivienda.
2. Créditos hipotecarios para compra de otros inmuebles productivos (oficinas, locales, naves, hoteles).
3. Créditos hipotecarios para promoción inmobiliaria o “crédito promotor”.
4. Créditos hipotecarios sobre terrenos, urbanos o no.
5. Crédito al consumo. Directo a clientes, o a través de financiación de ventas a crédito.
6. Crédito incorporado a tarjetas.
7. Crédito corporativo a grandes empresas.
8. Crédito a pequeñas y medianas empresas.

Creo que no me dejo nada. De todas estas cosas, en aquellos años no me ocupé prácticamente más que de la última. ¿Qué ha cambiado? Pues dos cosas sobre todo. De una parte, se ha sustituido la administración personal de la confianza por su administración informática o “screening”, en que el director mira la pantalla y te dice “no”. Pronto será como en los despidos de la película “Up in the Air”, sin director. La segunda, que en su doble objetivo de alta rentabilidad y baja morosidad, la banca ha preferido, o las operaciones de tipo de interés muy alto (crédito al consumo y tarjetas) o las gordas (crédito promotor y crédito corporativo), o las “garantizadas” –hipotecariamente, o hipotéticamente, como se ha visto- (crédito hipotecario para vivienda y créditos sobre suelos). Se ha quedado fuera la financiación hipotecaria a inmuebles productivos, en la que la banca extranjera nos ha colonizado en la última década y veremos ahora qué pasa cuando se retira.

Pero sobre todo, estoy convencido, se ha quedado fuera el crédito a las pymes, que exige un manejo de la confianza que un ordenador no sabe hacer y para el que buena parte de los cuarenta mil directores de oficinas bancarias en España no creo yo que han sido entrenados, porque en todos esos otros créditos que cito el ordenador o sus centrales les sustituían de forma eficiente. “Los criterios de riesgo no se cumplen”, “el negocio es nuevo”, “las garantías son insuficientes”, “el empresario no tiene experiencia”… La lista de excusas es amplia. Y además no hay confianza en la Economía, con mayúscula. Solución de la banca: inhibirse.

En todos los negocios la previsión es difícil. En los nuevos más. La mayor duda que estoy seguro tiene hoy cualquier empresario para acometer un nuevo negocio o una nueva inversión, o contratar al siguiente empleado, no es si el banco le va a ayudar, sino cómo y por cuánto tiempo le va a seguir ayudando. Solución del emprempredor: inhibirse.

Yo me inhibo, tú te inhibes…

¿Cómo decían que se iba a crear empleo?: ¡Confiemos en Dios!

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