Esto

Una calleja de Huesca, 1866. Un zagal de 14 años, aprendiz armado de martillo de remendón y escarificador, arregla unos zapatos, mejores para tirados que para remendados. Es un chico fuerte y diestro, rebelde y no muy buen estudiante, seguro que un buen zapatero en el futuro. Pero tiene la cabeza en otro sitio y no parece que se va a conformar con ese modesto oficio.

Calle Valverde, Madrid, 1897. Santiago Ramón y Cajal lee su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Ya es catedrático de Histología en Madrid y doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge. En 1906 vendrá el Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

¿Hablamos de la misma persona?

¿Qué ha sucedido entremedias? Pues baste afirmar que los treinta años que separan una y otra calle son prueba innegable de la voluntad de aprender, el afán de superación personal y la inclinación a hacer el bien a través de la ciencia.

Su discurso lo recoge Cajal en Los Tónicos de la Voluntad, que me he releído al alimón con El Arte de Aprender, de su contemporáneo Marcel Prévost, un pequeño clásico de la pedagogía. Al final mi vieja reserva de la Colección Austral me va a servir de algo.

Dirán ustedes que por qué estoy leyendo estas cosas en fin de semana. Pues la verdad he tenido en la mano “El Buque Maldito” de Emilio Salgari, que es más divertido y el tema de los piratas también está de actualidad, pero me parece que lo de Cajal y Prévost es más urgente.

Porque llevo tres semanas seguidas escuchando alusiones al deterioro de nuestro universidad, a la necesidad de organizar cursos “0” para compensar la mala preparación de los alumnos que llegan de bachillerato y ya hablan de cursos “-1” porque hay que enseñar cosas todavía más básicas. Al abandono de 66.000 alumnos cada año, al absentismo superior al 40%: alumnos que se matriculan y nunca van a clase.

Y ahora llega el informe de la Unión Europea Progress towards the Lisbon Objectives 2010 in education and training en el que nos suspenden en cuatro de los cinco factores: abandono escolar por encima de la media, menos alumnos que completan la educación secundaria, mal entendimiento de la lectura, bajo porcentaje de graduados en matemáticas, ciencia y tecnología. Sólo nos salvamos en la educación para adultos. Y lo grave no es que suspendemos, lo grave es que vamos a peor con respecto al año 2000.

El Sr. Gabilondo, que sepa que lo de la alfombra roja aunque no tuviese más remedio le ha bajado en mi estima, dice que no es tan grave. Lo dice el mismo día que el gobierno aflora una Ley de Sostenibilidad en que vacuamente afirma que se va a estimular la investigación y el desarrollo para cambiar nuestro modelo económico.

Ramón y Cajal habría puesto a todas estas cuestiones bajo su microscopio y hubiera intentado dilucidar cuáles eran las razones de nuestro atraso. Él manejaba seis hipótesis: 1) La térmica, 2) la oligohídrica, 3) la económico-política, 4) la del fanatismo religioso, 5) la del orgullo y la arrogancia españoles y 6) la de la segregación intelectual. Probablemente se hubiera parado en la hipótesis económico-política (-sindicalista, añadiría yo). Cita en ella Cajal repetidamente a Cánovas (“trabajad, inventad, economizad sin tregua, no contraigáis más deudas, no pretendáis tanto adquirir como conservar, no fiéis sino en vosotros mismos, dejando de tener fe en la fortuna”) y a Joaquín Costa (“no se encierra todo en levantar el nivel de cultura general, es preciso, además, producir grandes individualidades científicas que tomen activa participación en el movimiento intelectual del mundo y en el levantamiento de la ciencia contemporánea”).

Cajal, que detestaba el uso de la memoria y Prévost, que la consideraba una gimnasia para el espíritu, coinciden en cambio en que la base esencial del aprendizaje es la voluntad como lucha contra la pereza. Dice Cajal que la pereza es el mayor vicio de los españoles. Prévost, que la voluntad debería ser la primera enseñanza de la pedagogía. Voluntad, orden y tiempo, una receta infalible para el buen estudiante.

Así que por eso creo vacuas las afirmaciones de nuestro gobierno en su nueva ley. Porque la investigación y el desarrollo tecnológico se basan en el aprendizaje, sobre todo en la universidad, y éste a su vez en distinguir a la excelencia, no en primar a un igualitarismo que no atienda a los méritos. Veo difícil que el tándem ideológico que conforman en España gobierno y sindicatos tonifiquen la voluntad de nuestros jóvenes y les convenzan de que las cosas se consiguen con esfuerzo. Y mientras ello no se consiga seguiremos de zapateros, remendones.

O esto

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