Tecnología militar...

Tecnología militar...

Y romperán sus espadas para arados y sus lanzas para hoces (Miqueas, 4,3)

Hace unos días ha sido el bicentenario de la batalla de Aspern-Essling, al lado de Viena. Sobre ella quiso Balzac hacer una novela pero fue Patrick Rambaud quien acabó contándola y ganó por ello el premio Goncourt. La narración no puede ser más cruda e iluminadora, con la luz gris de la guerra. En ese enfrentamiento entre las tropas de Napoleón, comandadas por el mariscal Masséna y las del Archiduque Carlos de Austria, murieron algo más de cuarenta mil soldados en unas treinta horas. La de Irak es una birria de guerra a su lado. Y ello demuestra que la tecnología no es precisamente imprescindible para el antiguo oficio de matar, al que la raza humana se ha dedicado con denuedo a través de los siglos.

A los franceses se enfrentó mi tatarabuelo, el coronel Cipriano Zanoletty, que combatió en el Batallón de Tiradores de Sigüenza y fue ayudante de campo de Juan Martín “El Empecinado”. La historia militar de mis antepasados convirtió a mi padre en un antimilitarista soterrado con una mezcla de sentimientos familiares, ya que su padre y su abuelo también fueron militares, y sobre todo de su visión sobre la trágica historia de las guerras del siglo XX, todo lo cual hacía comprensible esa postura.

A una sociedad sana le corresponde trabajar para que las armas dejen de usarse y que un día dejen de ser necesarias. Seguro que todos estamos de acuerdo en que la guerra y la violencia son odiosas. Las mutuas masacres de rusos y alemanes durante la II Guerra Mundial, Hiroshima-Nagasaki, el bombardeo de Dresde, nuestra propia Guerra Civil, el napalm de Vietnam, las bombas de racimo, las minas anti-persona, los niños soldado con Kalashnikov en ristre, todo ello son sucesos, objetos y conceptos deleznables. Pero el problema es que los conflictos y las amenazas no cesan. Ya sea terrorismo, problemas fronterizos, regímenes totalitarios que pretenden camuflar sus problemas internos, enfrentamientos étnicos, tribales o de religión, la gente se sigue matando, a machetazos, tiros, bombazos, con aviones secuestrados o nos amenaza con algún que otro misil atómico.

Y ante ello no parece que haya otra solución que seguir fabricando armas, usándolas en lo necesario y seguir aumentando el control sobre las mismas. Y son precisamente los militares los que saben hacer esas cosas. La deténte está muy bien, pero los países que se consideren civilizados, entre los que España manifiestamente quiere estar, tendrán que seguir ejerciendo de gendarmes, para lo que se van a seguir necesitando armas. Más sofisticadas y selectivas que las necesarias para enfrentarse a un ejército como el de Napoleón.

Mientras escribo esto desde el tren, paso por Albacete, donde se fabrica el helicóptero Tigre, de la empresa Eurocopter de EADS. Es un helicóptero de guerra, que aunque válido para otros usos múltiples, está concebido inicialmente como un arma. En Albacete hay dudas sobre la militarización de su territorio. Yo sugeriría que se las quitasen y que en cambio se aprovechen todo lo que puedan de la existencia de esa fábrica y que su universidad se enfoque a esas cuestiones. Primero porque los helicópteros de guerra van a seguir haciendo falta para ayudar a mantener la paz en muchos sitios, para los que quieran calmar su conciencia ética. Y segundo, porque la industria militar está íntimamente ligada al desarrollo tecnológico de cualquier país y no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda.

Muchos nombres de la industria bélica como Boeing Rockwell, Thales, Sagem, British Aerospace, Northrop Grumman, combinan productos militares y civiles de alta tecnología. Lockheed Martin, por ejemplo, creó el C-5 Galaxy, el mayor avión militar en servicio, pero también fabricó el telescopio Hubble. General Dynamics fabrica el carro de combate Abrams o submarinos nucleares, pero también está detrás del sistema de comunicación y envío de mapas del Lunar Reconnaissance Orbiter que ha entrado en órbita lunar la semana pasada y que servirá para decidir el sitio para la instalación de una base permanente en la Luna (www.lro.gsfc.nasa.org).

España tiene una buena tradición aeronáutica que debería reforzar y la industria militar es un paso obligado para ello. Hace unos días leí que una empresa de Mendaro, en Guipúzcoa, Desarrollos Mecánicos de Precisión (DMP), fabrica para Airbus parte del tail boom para el respostaje en vuelo de aviones de combate, lo que demuestra que no hace falta ser un gigante para participar del pastel. Si queremos más arados tal vez tendremos que tener más espadas.

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