TRILOGÍA DEL BANCO MALO (1)

A mediados de los noventa aterrizó por mi despacho en Ernst & Young el representante de un fondo de los llamados “oportunistas”. También conocidos coloquialmente como “fondos buitre”… Un banco de negocios, por encargo de una importante entidad bancaria, les había presentado un dossier sobre una cartera de préstamos en mora –“non performing loans o NFL-, y querían que les hiciéramos una valoración, para saber qué oferta realizar. La cartera había sido constituida agrupando préstamos de unos 200 deudores, cada uno con deudas hacia la entidad por encima de 250 millones de pesetas. Total, 53.000 millones de pesetas en libros. O sea unos 320 millones de euros. Hoy, por la inflación desbocada de los riesgos inmobiliarios de la última década, calderilla, pero en aquel entonces “un montón de pasta”.

Naturalmente, como empresa de servicios profesionales, nos encantó la propuesta. Así que negociamos los honorarios y armamos un equipo de unas 20 personas, la mayoría abogados de nuestro departamento legal, a los que me tocó coordinar durante el mes o así que duró el trabajo. De partida nos encontramos con que efectivamente habían unos 200 deudores, pero cada uno tenía de promedio dos o tres reclamaciones: pólizas vencidas, créditos con garantía hipotecaria ejecutados, juicios declarativos en marcha, garantías personales, embargos, empresas en suspensión de pagos, quiebras, había allí de todo, en diferentes etapas procesales, en toda España. Y detrás de ese amasijo, los bienes de los deudores, atados con garantías reales o sin ellas.

De aquel trabajo aprendí algunas cosas. Más allá de la valoración de los activos inmobiliarios, u otros, que garantizaban las deudas, la mayor fuente de incertidumbre para el inversor era el tiempo para llevar a término todos los procedimientos, para poder hacer líquidos esos activos, es decir obtener su propiedad, su posesión, y poder venderlos o alquilarlos. También nos dimos cuenta, post-mortem, de la laxitud en el estudio de los riesgos con la que se habían concedido muchas operaciones.

Total, que después de algunas peleas con el inversor, que nos presionaba para valorar a la baja, cerramos nuestro informe con una cifra del entorno del 30% del valor en libros, unos 17.000 millones, si mal no recuerdo.

El inversor decidió realizar una oferta de más o menos la mitad de esa cifra, unos 9.000 millones. Se enfadaron bastante los vendedores, pero no hubo nada a hacer. Forcejearon unas semanas, el inversor llegó a subir a unos 13.000 millones, pero al final la operación no se hizo. Cobramos los honorarios, aunque nos costó, y hasta hoy.

Supongo que tal como fueron las cosas a partir de ahí con el inmobiliario en España, el inversor se equivocó. Podía haber pagado más y seguramente hubiera hecho una buena operación. Nunca se sabrá.

¿Por qué cuento esto?

Pues ya adivinarán, porque lo que yo viví fue una especie de maqueta a escala 1:32, ó 1:64, o mejor dicho, 1:500, no sé, de lo que podemos tener hoy entre manos con esto del “Banco Malo”. Debemos empezar a asumir que si lo que buscamos son inversores extranjeros que nos resuelvan el problema, lo que vamos a encontrar son fondos como éste que se posó en mi mesa hace quince o veinte años. Lo que se está fraguando es una operación muy compleja, en la que se puede perder –los contribuyentes podemos perder- mucho dinero, o muchísimo dinero, del de verdad. Una de dos.

A ver si se nos ocurre algo que haga que sólo sea mucho.

Continuará.

Ver también: “Trilogía del Banco Malo (2), Resolution”

Ver también: “Trilogía del Banco Malo (y 3), La Cuadratura del Círculo”

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