The rain continued. It was a hard rain, a perpetual rain… it was a mizzle, a downpour, a fountain, a whipping at the eyes… it rained a solid glassy rain, and it never stopped…

…The door was shut and the rain only a memory to his tingling body. The sun hung high in the blue sky of the room, warm, hot, yellow and very fine. He walked forward, tearing off his clothes as he went.

Así empieza y termina la historia The Long Rain que Ray Bradbury incluye en su libro The Illustrated Man de 1952. Parece como si Ray se hubiera venido de vacaciones desde su nativa Waukegan, por allí por Chicago, a Benidorm o así. Luego sitúa la novela en Venus y lo del sol es un Sun Dome, pero la inspiración suena a package holiday total.

Y así llevamos unos cuarenta años. Millones de europeos escapando de la lluvia y viniéndose a tomar el sol, explorando su pleasure periphery, cada vez más asequible por las vacaciones organizadas, el buffet y los vuelos cada vez más baratos. Hoy he estado en el aeropuerto y mientras hacía mi cola, en la de al lado se marchaba un vuelo hacia Wroclaw. ¿Cuándo habrían soñado los polacos venirse una semanilla por aquí a pasarlo bien, circular para todo en traje de baño, unas cervecitas frías al sol, discoteca, playa, pieles sonrosadas. Beautiful, ain’t it?

Pero, ¡ay! Por seguir con Bradbury, nos habíamos acostumbrado a que una vez alcanzada la velocidad de escape navegaríamos sin esfuerzo en este cohete. Y el caso es que perdemos altura. ¿Cuánta? Pues un -11,4% en el primer semestre de 2.009, algo así como 3 millones de turistas extranjeros menos. O sea un problema serio.

Marruecos en ese tiempo ha crecido un +9,8%, todavía con cifras absolutas menores, pero 8 millones que se llevan y su visión de ir creando “resorts” adaptados a la idiosincrasia de ciertas nacionalidades europeas, como los alemanes, merece vigilancia.

Y por ello creo que es esencial que se estudie más la economía y psicología del “turista de base”, o sea el chico y chica, o el matrimonio mayor, o la pareja con sus dos niños, que se vienen a pasar una semana o dos por aquí, como los polacos de esta tarde. Les conozco relativamente y sé que cambiarán de destino por unas decenas de libras o de euros. Cuando están allá arriba, bajo la lluvia, se estudian los costes del hotel, el vuelo, la media pensión y demás, todo ello competitivo y en lo que sospecho que no está el problema. Pero cuando llegan aquí y les soplamos € 3,80 por un limón granizado (coste del limón en Murcia me dicen que € 0,15 el kilo o así), o € 2,00 por un helado para llevar, o € 1,60 por una botellita de agua de 0,5 litros, empiezan a perder el entusiasmo de volver. Y les entran tentaciones de mirar hacia otros lados. Lados que están deseando que esa gente lo haga.

En suma, tengo la incómoda sensación de que buena parte del sector hostelero minorista está tratando al turista con una actitud de “no vuelva usted mañana, nos da igual, hoy ya le hemos exprimido bastante”. Miles de bares, cafeterías y pequeños negocios tienen que adaptarse y ser educados en convencer a sus clientes de que “vuelvan mañana otra vez, por favor”. Tomorrow, is always one day away…

(otra canción anticrisis)

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