Venía yo a media tarde de visitar el Museo Elder en Las Palmas de Gran Canaria y crucé por el Parque de Santa Catalina, una placita arbolada en la que en cada banco había un chico negro dormido o mirando a la nada. Eran los afortunados que habían conseguido desembarcar de alguna patera sin ser detenidos y se habían perdido en la maraña urbana. Afortunados porque en Las Palmas, pese a todo, dormían seguros y con luz eléctrica y conseguían alguna moneda para comerse un bocadillo y tomar una coca cola una vez al día. Y porque muchos de sus congéneres están en algún país del África negra, muriéndose de sida, cólera, malaria o tuberculosis. O de machetazos.

Hoy es Nochebuena. He dejado mi ordenador de la oficina procesando felicitaciones electrónicas. He conseguido que mi Outlook identifique a quién me envía una felicitación y le conteste, que envíe las mías de forma automática y que al final de las navidades me de un listado de quiénes me han felicitado primero, a quiénes he felicitado yo y no me han contestado y quiénes nos hemos simplemente ignorado. Y de paso que me actualice los correos electrónicos y teléfonos móviles de cada uno. ¿Mola, eh? Pues el año que viene voy a ver si los ordenadores de mis amigos y clientes y el mío se entienden sin intervención humana, con lo que no hará falta que las personas hagamos ni sepamos nada. Los ordenadores se felicitarán entre sí y actualizarán sus datos respectivos y todos nos quedaremos contentos de haber demostrado cuánto nos queremos y de haber cumplido con el espíritu de la Navidad.

Luego he venido hacia casa oyendo la radio del coche. Los debates, emisora tras emisora, eran cosas como si los niños prefieren a Papá Noel o Los Reyes (encuesta de Radio Nacional), cómo cocinar el capón (Ondacero) o el precio de las angulas y el besugo (Intereconomía). Claro, estamos en Nochebuena.

Mientras tanto, unos miles de kilómetros más al sur unos chicos negros, como los del Parque de Santa Catalina, cavan cientos de tumbas en el cementerio de Harare, Zimbabwe, para recoger los cuerpos de una parte de las 60.000 personas que se estima morirán de cólera en pocas semanas o meses. Esperanza de vida en Zimbabwe, 36 años. Menos de 44 años en Botswana, Angola, Swazilandia, República Centro-africana, Lesotho, Malawi, Níger, Liberia y Somalia. La crueldad, la hambruna y la sequía hacen estragos en Darfur, Sudán, con cientos de miles de muertos. El 94% de todas las muertes infantiles por malaria sucede en África, un continente de más de 900 millones de personas. ¿Habrá allí un Belén?

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Gozamos de la Nochebuena porque tenemos la suerte de vivir en Europa. Y tenemos la suerte de tener libertad, a la que la miseria mata. Dejemos pasar las fiestas, disfrutémoslas con familia y amigos y comamos capón y angulas si hace falta. Pero en algún momento, y a mí también me remuerde la conciencia, nos vamos a tener que solidarizar con esa pobre gente, emulando el grito de Kennedy para los berlineses: Ich bin Afrikanisch!

¿Tal vez la próxima Navidad?

Lectura recomendada: Trilogía de África, Javier Reverte. Lectura obligada: Ébano, Ryszard Kapuściński.

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