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van-1996-06-gMe he paseado bastantes veces por América Latina en estos dos años pasados. Desde Salvador Bahía a Santiago de Chile, de Sao Paulo a Ciudad de México, a Bogotá, Medellín, Barranquilla, Lima, Caracas. No me ha sido difícil empezar a sentirme un poco en casa. Pero no quita que como visitante de arraigo europeo me sigan llamando la atención ciertas cosas. De las que más, la gran cantidad de gente que vive del comercio callejero, vendiendo lo que pueden, comida lo que más, pero hay de todo. Desde mandos de televisión a ropa, cordones de los zapatos, minutos de telefonía móvil. Collares y baratijas junto a zumos de fruta, “carnitas” o pan de bono, café y donuts, galleticas o enchiladas. El soporte más habitual de muchos de estos puestos es un carrito de supermercado “customizado” con o sin toldilla, una esquina lo más estratégica posible y un par de sillitas de plástico. A veces un “bicicarro” o un anciano Renault 4L adaptado. Yo confieso que siempre me ha atraído lo de comer en la calle, ya sea un “raspado” con sirope, un helado o una cachapa. Pero mis colegas locales me apartan sistemáticamente de todo lo que sea comer en sitios de escasa confianza higiénica, así que en poco puedo beneficiar a toda esa gente. Pero ahí están, sobreviviendo.

De este lado está todo mucho más pulcro y organizado. Demasiado organizado, empiezo a pensar. Hace unos días leía de un emprendedor que quería montar unos puestos de comida rápida basados en un automóvil “Smart” modificado. Y que no le era posible porque los ayuntamientos a los que había acudido no permiten la venta ambulante. Y me hizo pensar. Me hizo pensar en que, tal vez, cabría regular el arranque de micro-negocios, que diesen servicio adicional a la población y sacasen a gente de la fila del paro. Porque sospecho que cuando alguien como el emprendedor que cito se decide a iniciar la batalla, se le ponen delante una cantidad de requisitos que a mucha gente la paran antes de empezar. Hay que ser realmente “smart” para resolver todos los papeleos. Porque no todo en lo de emprender es cosa de tener crédito. De hecho, mejor sin crédito.

Lo de que para vender al público se deba tener un local es, hoy en día, un freno serio al comercio. Con la caída del consumo que sufrimos, a ver quién es el guapo que adivina cuánta gente va a pasar por delante de su local y cuánta va a entrar y cuánta comprar. Y mientras tanto andas cargado de gastos fijos, alquiler incluido. Difícil que la gente se meta. En cambio si puedo deambular, como los de la camioneta de Frears, ya me buscaré yo los clientes donde estén. Habría que hacerlo fácil. Si me lo ponen fácil, igual me jubilo y me dedico a venderle cerveza fría a los guiris en la playa de Benidorm. Ahora… si tengo que montar un chiringuito con freidora y declaraciones de IVA incluidas, me lo tengo que pensar…

Ahora en serio, lo de la economía informal, en América Latina, es un problema. La OIT estima que hay 93 millones de personas trabajando de manera informal en el continente. Lo de la higiene es una faceta, pero la falta de seguridad, el trabajo infantil, la falta de protección social, son las cuestiones verdaderamente importantes a resolver. Pero todos los gobiernos tienen un problema semejante, si sacan de la economía informal -aquella constituida por todas aquellas actividades económicas que, sin ser criminales, tampoco están totalmente registradas, reguladas y fiscalizadas por el estado en los mismos espacios en que otras actividades similares si lo están-, a toda esa gente, pues se arriesgan a incrementar la miseria, o la delincuencia en el peor de los casos.

En cambio en España, con más de cinco millones de parados, se trata de flexibilizar, de abrir caminos, formales pero sencillitos, para que la gente se busque la vida. Porque con grandes superficies y la gran distribución, y tiendas y bares cerrando a millares, va a haber que repensarse lo del pequeño comercio.

Y a ver si entre España y América Latina encontramos el justo medio.

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Esta semana se ha conocido una nueva confirmación de algo que todos nos temíamos y que creo que todos nos seguimos temiendo es parte de un proceso sumamente pernicioso: la economía española destruye empleo a ritmo galopante.

 

La verdad es que me siento más cómodo en el mundo de la economía aplicada, pero este tema merece comentario aunque sea elevando el tiro y rondando las cuestiones políticas, que de habitual intento por todos los medios evitar. Desde este ángulo, el político, sólo diré que creo que el gobierno está apretando el botón equivocado, al poner el énfasis de su política en proteger a los desempleados cuando debería  proteger, sobre todo, a las empresas. No sé por qué el ejecutivo no tiene más claro que sin empresas no hay empleo.

 

Pero realmente lo que me preocupa, a la larga, no es el gobierno, pues al fin y al cabo los gobiernos pasan. Me preocupa la sociedad, porque lo que la sociedad piensa sí que importa y lleva tiempo cambiar o mejorar. Y en España, si de verdad queremos mirar hacia delante, habrá que hacer una grande y larga campaña para elevar el aprecio hacia el emprendedor y hacia el espíritu de empresa, aprecio que percibo difuso o inexistente. O un paso más allá, la animosidad es manifiesta. La sociedad española tiene que metabolizar mejor el que hacen falta más empresas y más empresarios y para ello es recomendable, muy bueno entendámonos, que unas y otros ganen dinero.  

 

Si uno intenta mantenerse informado –cosa menos fácil de lo aparente- a través de nuevos medios como éste de los blogs, no deja de sorprender la abundancia, y banalidad debo decir, de comentarios negativos hacia la empresa o hacia las nuevas ideas, que parece que se está deseando que salgan mal: “¡Lo veis listillos, por pensar…! ¿Que queríais, haceros ricos, eh?”

 

Y de paso, ahora que Estados Unidos tiene un nuevo presidente demócrata, celebrado por muchos desde el ángulo de la pura ideología, parece un buen momento para recordar la frase clave del discurso de investidura de John F. Kennedy: And so, my fellow Americans: ask not what your country can do for you – ask what you can do for your country (“…no preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta que puedes hacer tú por tu país”).

 

Sería bueno que nuestra sociedad empezase a pensar en estos términos.

 

Libro de la semana: The Spirit of Enterprise, de George Gilder. Wealth consists not of things but in thought, in ideas and applications which confer value to what seems useless to the uninformed (La riqueza no consiste en cosas sino en pensamientos, en ideas y aplicaciones que dan valor a lo que parece inútil a los desinformados, o por qué Bill Gates no ha ganado todo el dinero que de verdad se merece)

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