Una mañana temprana del invierno de 1984 tomé un avioncito Short, un 330 o un Skyvan, no recuerdo bien, pero en cualquier caso una especie de caja de zapatos con alas, para volar desde Luton, al norte de Londres, hasta Rotterdam. Hacía mal tiempo y llovía. El tamaño del avión me pareció escasillo para lo de cruzar el Mar del Norte, pero yo era ya para entonces un aeronauta curtido y los aviones nunca me han inquietado. Despegamos dando tumbos. Cuando tomamos altura aquello se convirtió en una batidora. Al rato y de repente… ¡crack!: chispazo y nos quedamos a oscuras, sobrevolando el mar gris en medio de la tormenta. La azafata salió de la cabina del piloto para anunciarnos viva voce que no nos preocupáramos, que “todo el problema era que nos había golpeado un rayo y nos habíamos quedado sin electrónica”. Sin radar por ejemplo. Así que el piloto daba la vuelta y nos volvíamos a Luton, y que ya que no teníamos radar, cuando estuviéramos sobre tierra seguiríamos una carretera que nos mostrara el camino de regreso al aeropuerto. Siempre me había preguntado hasta entonces el por qué los aviones llevan faros. Total que aterrizamos, entre camiones de bomberos, nos bajamos, nos ofrecieron otro avión, me monté y nos fuimos a Rotterdam, también con tumbos pero esta vez con éxito.

No negaré que sudé frío. Uno piensa cosas en esos momentos. Pero al mismo tiempo creo que es bueno conservar la calma, como el piloto debió hacer.

Ahora estamos un poco así. Dando tumbos, a oscuras y sin radar. Y vuelvo a sudar frío, pero conservo la calma. El problema es que creo que el que de verdad está nervioso es el piloto. Porque además España no es un avioncito.

Después de Davos parece que el Gobierno quiere hacer cosas. Empezando con el revuelo de las pensiones y siguiendo por la reforma laboral, el ratoncito parido por la montaña de esta semana.

Yo no sé nada de pilotar un avión, y menos un país, pero me atrevo a resumir la teoría del pilotaje. No se puede tocar una sola cosa, hay que coordinar la acción y manejar varias a la vez: horizonte artificial, velocidad aerodinámica, rumbo, velocidad vertical, altímetro, inclinómetro y potencia de los motores… O sea educación, creación de empresas y empleo, financiación, natalidad, inmigración, coste y estructura del sector público –comunidades autónomas incluidas-, pensiones, subsidio de desempleo. Y si no lo haces así, el avión se cae.

Lo que los españoles echamos en falta es un plan coherente que se enfrente a nuestra situación en su conjunto. Yo soy el primero que acepta que a las pensiones va a haber que meterles la tijera. Pero no vale que se haga mientras no se tocan el resto de cuestiones y colectivos. Un plan coherente es que si se le aprietan las tuercas a los mayores, se le aprieten también a los estudiantes -exigiendo excelencia frente a racaneo-, a los empresarios –exigiendo inversión frente a reparto de beneficios-, al sistema financiero –exigiendo que de crédito a las pymes-, a los sindicatos -eliminándoles las prebendas-, al sector público –reduciendo su tamaño y coste de manera drástica-, a los desempleados –ligando los subsidios a la movilidad y la capacitación- y… a los políticos, que deben mostrar una austeridad personal cuya ausencia brilla en ejemplos sangrantes. Y en cambio a las familias jóvenes se les ofrezcan beneficios por aumentar su número de hijos o se busque captar a los inmigrantes más capacitados con acciones en origen en lugar de pensar qué hacemos con gente sin preparación que simplemente busca escapar a la miseria.

No se está haciendo. En su lugar, me imagino al piloto dándole golpecitos al altímetro para ver si funciona, mientras suena la alarma de proximidad y los pasajeros gritan que se quieren bajar.

– Capitán, capitán: ¿vamos a tomar tierra?
– ¿Tierra? ¡Te vas a jartá!

Y el Gobierno nos quiere tranquilizar…

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